jueves, 25 de diciembre de 2025

El libro de las últimas palabras

Capítulo 1. Donde empieza el silencio

 «El frío de Soria no es climatológico, es geológico. Se filtra en las piedras de las casas y en la memoria de los hombres hasta que ambos se vuelven indistinguibles. He venido a buscar un libro, pero tengo la sensación de que es el silencio de esta casa el que me ha encontrado a mí.»

Isabel Samay, Cuaderno de bitácora, página 12.

 

La mañana había amanecido con una textura metálica, propia de los inviernos en las tierras altas. El termómetro del coche marcaba dos grados bajo cero, pero el número era irrelevante; aquel frío no se medía en grados, sino en siglos. Era un aire seco, antiguo, que parecía ascender desde las raíces mismas del bosque para reclamar su territorio.

Isabel Samay detuvo el motor al inicio del camino de tierra.

Más adelante, la pista se estrechaba entre pinos altos y robles desnudos cuyas ramas permanecían inmóviles, como venas negras recortadas contra un cielo de un gris. Bajó la ventanilla un instante. El aire le golpeó el rostro con olor a resina congelada y leña vieja.

Condujo despacio, sintiendo cómo los neumáticos trituraban la grava helada. El sonido del motor resultaba obsceno en aquel paisaje suspendido. Tras un recodo, la finca apareció por fin, emergiendo sobre una meseta suave como un animal de piedra que hiberna.

La casa principal dominaba el claro. Mampostería grisácea, sillería reforzando las esquinas y un tejado a dos aguas cubierto de teja árabe donde el musgo se había vuelto quebradizo por la helada. Las contraventanas de la planta baja, gruesas como escudos, permanecían cerradas; la casa tenía los párpados bajados.

Delante de la entrada, un hombre aguardaba.

Isabel salió del coche y el frío la envolvió de inmediato. Se ajustó la bufanda mientras observaba al hombre que se frotaba las manos enguantadas.

Ignacio Figueroa Ríos. Abrigo largo de corte impecable, zapatos de suela fina inútiles para el campo y esa impaciencia vibrante de quien mide el tiempo en notificaciones de móvil.

—Señora Samay —dijo, adelantándose con una sonrisa breve, de trámite—. Gracias por la puntualidad. Empezaba a pensar que el GPS la había mandado a otro siglo.

Isabel le estrechó la mano. La piel del guante de él estaba fría; su apretón fue firme pero fugaz.

—La carretera impone su propio ritmo aquí arriba —respondió ella, mirando la fachada—. La casa impone, señor Figueroa. Tiene una estructura magnífica.

Ignacio miró el edificio como quien mira un coche averiado que ya no compensa arreglar.

—Tiene goteras, corrientes de aire y una caldera que pide la jubilación —replicó, sacando un manojo de llaves—. Pero entremos. Se nos va a congelar hasta el aliento.

Abrió el portalón de madera pesada. Los goznes, faltos de grasa, soltaron un quejido agudo que resonó en el valle antes de ser tragado por el interior.

El vestíbulo los recibió con una temperatura apenas superior a la exterior, pero con una densidad distinta. El aire allí dentro estaba estancado, sólido. Olía a cera de abejas, a humedad retenida en los tapices y a ese aroma inconfundible de las casas que llevan demasiado tiempo hablándose a sí mismas.

—Mis padres fallecieron el año pasado —comentó Ignacio, guiándola hacia el pasillo central sin quitarse el abrigo—. Desde entonces, esto solo acumula polvo y gastos. Yo vivo en Barcelona y mis hermanos... bueno, nadie tiene tiempo para hacer de guardés de una fortaleza en Soria.

Caminaban sobre un suelo de tarima que crujía bajo sus pasos. Isabel no miraba la decoración, leía las superficies. Pasó la mirada por un aparador isabelino: barniz oxidado, carcoma inactiva en la pata izquierda. Miró un retrato al óleo: craquelado prematuro por cambios de temperatura. La casa sufría, y ella podía diagnosticar cada síntoma.

—Queremos liquidarlo todo antes de enero —prosiguió él, consultando fugazmente su reloj de muñeca—. Muebles, enseres... y por supuesto, la biblioteca. Mi padre decía que era lo único valioso, aunque yo solo veo papel viejo. Está al fondo.

Ignacio se detuvo ante una puerta de roble macizo. El marco mostraba pequeñas hendiduras a la altura de la manilla, marcas de ansiedad de alguien que quizás dudaba antes de entrar. O antes de salir. Empujó la hoja con un gesto rápido, rompiendo el sello de aire.

—Aquí la tiene.

El interior la recibió con una penumbra espesa, cargada de partículas de polvo que flotaban en los haces de luz invernal como galaxias diminutas. El olor aquí era distinto: más ácido, más dulce. Olía a lignina descomponiéndose, a cuero reseco y a tinta ferrogálica. Para Isabel, no era olor a cerrado; era el perfume de la historia fermentando.

Las paredes, forradas de estanterías hasta las vigas del techo, sostenían el peso de tres generaciones. Había atlas que sobresalían como costillas rotas, encuadernaciones en piel que habían perdido el brillo, pero no la dignidad, y montones de legajos apilados en el suelo, derrotados por la gravedad.

—Mi padre pasaba horas aquí —comentó Ignacio, quedándose en la puerta, como si temiera mancharse el abrigo de aquel silencio—. Nunca entendimos qué hacía. Leía, supongo. O se escondía del mundo. Ya sabe cómo es la gente mayor con sus rutinas.

Isabel avanzó. El suelo crujió, un sonido que en aquella sala sonó a bienvenida. No respondió a Ignacio. Su atención ya no estaba en la venta, sino en la patología del lugar. Pasó el índice por el lomo de un volumen encuadernado en piel roja: podredumbre roja, pensó al notar el polvillo desprenderse en su yema. La biblioteca estaba enferma de soledad.

En el rincón más alejado, bajo una ventana por la que se colaba una luz azulada y gélida, estaba el escritorio. Una mesa de nogal macizo, convertida en un altar abandonado. Sobre la superficie, el tiempo se había coagulado. Un reloj de sobremesa marcaba las seis y diez, con el cristal rajado justo sobre el número ocho. Un tintero seco, una pluma con el plumín abierto de tanto presionar y una piedra de obsidiana negra, lisa y fría como un ojo sin párpado.

Y un cuaderno.

Isabel se detuvo. No era un libro valioso, de esos que Ignacio esperaba vender. Era un cuaderno de campo, de tapas marrones, modestas. Estaba abierto por una página central. La caligrafía era firme, académica: Juniperus thurifera, leía, junto a un dibujo técnico de una raíz. Pero debajo, con una letra distinta, más apretada y temblorosa, alguien había añadido una frase que no pertenecía a la botánica:

«No se puede vivir sin verdad.»

Isabel sintió un calambre leve en la nuca. Levantó la vista hacia los estantes que rodeaban el escritorio. Había huecos. Faltas. En la segunda balda, justo a la altura de los ojos de quien se sentara en esa silla, la ausencia era flagrante. El polvo dibujaba el contorno limpio de un libro que había estado allí hasta hacía muy poco. El "fantasma" de un libro.

Y justo al lado, asomando entre las páginas de un manual de jardinería, una nota en papel verjurado, antiguo, con una sola palabra escrita en tinta sepia casi desvanecida:

«Guardar.»

—¿Ve algo que merezca la pena? —la voz de Ignacio rompió el hechizo. Miraba su móvil, ajeno a que el reloj de la mesa llevaba años gritando una hora muerta.

Isabel cerró el cuaderno marrón con suavidad, alineándolo con el borde de la mesa.

—El valor es complejo, señor Figueroa —dijo ella, girándose. Su voz sonó profesional, neutra, aunque sus dedos aún hormigueaban por lo que acababa de tocar—. Hay piezas recuperables. Primeras ediciones, algunos atlas... Me llevaré el lote completo para tasarlo en el taller. Es imposible darle una cifra honesta sin examinar el estado del papel bajo el microscopio.

Ignacio suspiró, visiblemente aliviado. Guardó el móvil.

—Perfecto. Lléveselo todo. Los muebles, los libros, los papeles. Si por mí fuera, llamaría a un vaciado de pisos, pero mi mujer insiste en que no se tira el dinero.

—Nunca se debe tirar la memoria —murmuró Isabel, más para sí misma que para él.

—¿Decía?

—Que prepararé el inventario. Mis operarios vendrán el martes. Me llevaré el contenido íntegro de la biblioteca. Respecto al resto de la casa, solo me interesan el aparador isabelino que vimos en el pasillo, el reloj de pared y las cajas de documentos del salón. El resto del mobiliario no encaja con la línea de Antiquarius.

Ignacio asintió, indiferente a la selección, calculando mentalmente el espacio que ganaría sin esos "trastos viejos".

—Perfecto. Lo que usted diga. Con tal de que dejen la casa despejada, me doy por satisfecho.

Isabel volvió a mirar el hueco en el estante. La palabra Guardar y la frase No se puede vivir sin verdad se conectaron en su mente como dos cables pelados soltando una chispa.

Ignacio salió al pasillo, dejando la puerta abierta.

—Vamos, hace frío aquí dentro.

Isabel se demoró un segundo más. La biblioteca no estaba vacía. Estaba esperando. Y ella, sin haber firmado ningún papel todavía, acababa de aceptar el encargo.

Salió tras él, sabiendo que el verdadero peso de esa casa no estaba en los muebles que iba a comprar, sino en lo que aquel silencio trataba desesperadamente de decir.

 

 

Capítulo 2. El viaje de las cosas mudas

 «Un libro que no quiere ser leído es un desafío. Julián Figueroa no solo cerró este cuaderno; lo blindó con una técnica que roza la paranoia. Pero en restauración aprendes una verdad universal: no existe el secreto perfecto, solo capas de tiempo esperando el reactivo adecuado.»

Isabel Samay, Notas de laboratorio.

 

El camión llegó a media mañana, cuando el cielo de Madrid era una lámina de zinc oxidado, incapaz de decidir entre la lluvia o la niebla. Se detuvo frente a la fachada lateral de Antiquarius sin llamar la atención: un vehículo discreto, blanco sucio, una mancha más en el asfalto.

El conductor apagó el motor y el silencio se impuso un instante sobre el tráfico de la calle. Isabel observaba desde la acera opuesta, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y el vaho de su respiración disolviéndose en el aire afilado de diciembre. No se acercó de inmediato. Respetaba siempre ese limbo, ese segundo exacto en el que los objetos han terminado su viaje, pero aún no pertenecen al nuevo destino.

El montacargas se abrió con un quejido metálico grave.

Uno a uno, los bultos comenzaron a emerger. El aparador isabelino envuelto en mantas térmicas, las cajas de documentación selladas con cinta de pH neutro, y los paquetes de libros apilados con geometría precisa. Todo parecía ordinario. Mercancía. Y, sin embargo, Isabel notó esa vibración leve en el diafragma que solo sentía cuando la materia traía consigo una carga emocional no declarada en el albarán.

El equipo de transporte trabajaba con eficacia muda. Isabel había aprendido que la forma en que un mozo agarra una caja —la tensión en los nudillos, el respeto por el centro de gravedad— predice el estado en que llegará la pieza. Estos eran buenos. Cuando el montacargas inició su ascenso, el rumor mecánico se mezcló con el latido constante de Antiquarius.

Al llegar a la segunda planta, la atmósfera cambió. El taller de restauración no era una oficina; era un quirófano del tiempo. La luz entraba por los ventanales orientados al norte, filtrada, fría y honesta, sin reflejos que mintieran sobre el color real de las cosas. Las paredes blancas estaban salpicadas de estanterías donde los frascos de pigmentos —lapislázuli, sangre de drago, tierra de Siena— descansaban en un orden farmacéutico. Olía a trementina, a cera de abejas virgen y a clavo. Un aroma que calmaba el pulso.

Isabel dirigió el tráfico con gestos breves.

—El mueble, a la zona de cuarentena. Las cajas de documentos, a la mesa tres. Los libros... aquí, en la mesa central.

La mesa auxiliar de recepción, siempre vacía, esperaba con su lámpara de luz día encendida. No iluminaba para embellecer, sino para interrogar. Allí fueron depositando los bultos más pequeños. Algunos traían polvo de Soria, un polvo gris y fino que contrastaba con la asepsia del taller.

Isabel sacó su cuaderno de tapas negras. El inventario comenzó. Estado de conservación: regular. Ataques biológicos: negativo en inspección visual. Humedad: rastros antiguos, inactivos.

Escribía rápido, con letra pequeña y funcional. El oficio exigía frialdad antes que emoción. Sin embargo, cuando los operarios se marcharon y la puerta del montacargas se cerró, el taller quedó en un silencio denso. El aire alrededor de las cajas de libros parecía cargado de estática.

Isabel se quitó el abrigo. Se recogió el pelo con un lápiz, un gesto autómata, y se acercó al equipo de música. Pulsó play sin mirar. Los primeros acordes de Zenda, de Gustavo Santaolalla, inundaron la sala. Un ronroco grave, lento, que parecía caminar al mismo ritmo que sus pensamientos.

Se puso las gafas de aumento y fue hacia los libros. Abrió la primera caja. El olor a papel viejo golpeó su olfato: una mezcla de vainilla (lignina degradada) y tierra. Empezó a sacar volúmenes. Ediciones comerciales de los años 50, novelas francesas encuadernadas en tela, manuales de agricultura.

Y entonces, sus dedos tocaron algo distinto.

No era el tacto del papel industrial ni la piel curtida de los libros de lujo. Era una textura rugosa, orgánica. Sacó el volumen. Era el cuaderno. El mismo que había visto en el hueco de la estantería en Soria. Pero ahora, bajo la luz implacable del taller, se revelaba diferente. No era un simple cuaderno de notas. Era un objeto híbrido. Las tapas eran de cartón duro, forradas con una tela basta, casi de saco, teñida de un marrón sucio. No tenía título en el lomo. Isabel lo pesó en la mano. Demasiado denso, pensó. Lo abrió con cuidado extremo, sin forzar la apertura más de cuarenta y cinco grados. Las guardas eran de papel jaspeado a mano, torpes pero bellas. Y el bloque del libro... Isabel contuvo la respiración.

No eran cuadernillos impresos. Eran hojas de distintos gramajes, cosidas entre sí con un hilo de cáñamo grueso, visible en la unión. Un trabajo artesanal, desesperado, hecho con lo que hubiera a mano.

Un zumbido anunció la llegada del montacargas.

Isabel no levantó la vista del libro. Escuchó los pasos familiares, el sonido de un abrigo al colgarse y el suspiro de quien deja el frío de la calle al otro lado de la puerta.

—Buenas tardes —dijo Rubén Carter.

—Mira esto —respondió ella sin preámbulos.

Rubén se acercó. Traía las mejillas rojas por el viento y olor a café. Se inclinó sobre la mesa, invadiendo el círculo de luz de la lámpara.

—¿Estaba en la lista? —preguntó, observando el objeto sin tocarlo aún.

—No. Y sí. Lo vi en la biblioteca, pero no así. Parecía... menos esto.

Rubén sacó su propia lupa de bolsillo y examinó el corte de las hojas.

—Papel verjurado, papel de estraza, incluso parece papel de cartas reutilizado... —murmuró—. Esto no es una edición, Isabel. Es un monje copista enloquecido. O un preso.

Isabel pasó una página con la punta de las pinzas. El contenido era desconcertante: dibujos botánicos de una precisión casi maníaca. Raíces, tallos, cortes transversales de semillas. Y textos explicativos con una caligrafía minúscula.

—Parece un manual de supervivencia —dijo Rubén—. Plantas comestibles. Cómo potabilizar agua.

—Sí —dijo Isabel—. Pero mira el cosido. Mira las cabezadas. Están hechas con trozos de tela de camisa. Quien hizo esto no solo quería escribir un libro; quería que el libro sobreviviera a un bombardeo.

Cerraron el volumen. El objeto, allí sobre la mesa blanca, parecía un meteorito caído en un laboratorio estéril. Oscuro, denso, magnético.

—Llama a Ignacio —dijo Rubén.

—No creo que lo sepa.

—Llámalo de todas formas. Necesitamos descartar.

Isabel marcó el número en el fijo, activando el altavoz. El tono de llamada sonó metálico, interrumpiendo la música de Santaolalla.

—¿Diga? —la voz de Ignacio sonaba lejana, con ruido de fondo de aeropuerto o estación.

—Ignacio, soy Isabel Samay. Disculpe la hora.

—Ah, Isabel. ¿Algún problema con el transporte?

—Todo ha llegado bien. Pero ha aparecido un volumen que no estaba en el inventario inicial. Un libro... manufacturado. Artesanal. Tapas de tela marrón, papel heterogéneo. Parece un tratado de botánica hecho a mano.

Hubo un silencio al otro lado. El ruido de fondo cesó, como si Ignacio se hubiera apartado a un rincón.

—¿Botánica? Mi padre tenía muchos libros de plantas, pero... ¿hecho a mano? No. No me suena de nada.

—Es un objeto muy singular —insistió Isabel—. El tipo de cosa que uno recuerda si la ha visto de niño.

—Le aseguro que no lo he visto en mi vida —la voz de Ignacio se endureció ligeramente, a la defensiva—. Quizá estaba en algún cajón y los operarios lo metieron por error. Si no tiene valor, tírelo.

—Tiene valor —cortó Isabel—. Valor documental. ¿Hay alguien más que pudiera saber de esto? ¿Alguien que conociera los hábitos de su padre en esa biblioteca?

Ignacio bufó.

—Solo el servicio. Y el guarda, Tomás. Tomás Villaverde. Ese hombre lleva en la finca desde antes de que yo naciera. Era... la sombra de mi padre.

—¿Podemos hablar con él?

—Supongo. Vive en la casa del guarda, junto a la entrada principal. Mañana iba a subir a revisar la caldera. Puedo avisarle.

—Por favor. Dígale que irá un compañero mío. Rubén.

—Está bien. Les pasaré el contacto. ¿Es todo? Mi vuelo está embarcando.

—Es todo. Buen viaje, Ignacio.

La línea se cortó. Rubén se cruzó de brazos, mirando el libro como si esperara que se moviera.

—"Tírelo" —repitió Rubén con sarcasmo—. Qué sensibilidad.

—Él no ve lo que nosotros vemos —dijo Isabel, acariciando el lomo irregular del libro—. Él ve basura vieja.

Rubén cogió su abrigo de la silla.

—Mañana voy a Soria. Quiero ver a ese tal Tomás. Y quiero ver el hueco de donde salió esto.

—Ve —asintió ella—. Yo me quedo aquí. El libro y yo tenemos que... presentarnos formalmente.

—Ten cuidado —advirtió Rubén desde la puerta, medio en broma, medio en serio—. Esas cosas a veces muerden.

—Lo sé.

Cuando Rubén se fue, Isabel apagó las luces generales del taller. Solo quedó la lámpara de la mesa auxiliar, creando una isla de luz en la oscuridad azulada. Se sentó frente al libro. Puso la mano plana sobre la cubierta. Notó el frío del cartón, pero también algo más. Una temperatura residual. Abrió la primera página. «No se puede vivir sin verdad.»

Isabel ajustó la luz.

—Muy bien —susurró—. Vamos a ver qué escondes.

  

Capítulo 3. El guardián de la finca

 «Hay hombres que custodian secretos como si fueran propiedades privadas. El Guarda de esta finca no solo vigila la tierra, vigila que el pasado no se mueva de su sitio. En sus ojos no hay miedo, hay una lealtad antigua y seca, del tipo que no se compra con dinero. Si Julián Figueroa enterró algo aquí, no lo hizo solo con cal; lo hizo con el silencio de los que se quedaron.»

Rubén Carter, Cuaderno de investigación.

 

Rubén llegó a la finca a primera hora de la tarde, cuando el sol, pálido y distante, ya empezaba a inclinar las sombras de los pinares. El camino estaba seco; el hielo nocturno se había retirado a las zonas de umbría, dejando un olor limpio a tierra removida y a pino.

Aparcó junto al murete de entrada. Al bajar, el aire le golpeó la cara. No era un frío agresivo, de viento, era un frío estático, geológico, de los que se te meten en los huesos si te quedas quieto demasiado tiempo.

Fue entonces cuando lo vio.

El guarda trabajaba en un parterre lateral, podando unos rosales con gestos económicos. Llevaba una chaqueta de pana gastada en los codos y una gorra clásica a juego. No parecía tener prisa. Parecía parte del paisaje, como un roble viejo o una piedra con musgo.

Rubén se acercó pisando la grava para no sorprenderlo.

—Buenos días —dijo a unos metros.

El hombre terminó el corte de una rama antes de girarse. Se incorporó despacio, sin alarma. Se quitó un guante de trabajo y luego la gorra.

—Buenos días —respondió. Su voz sonaba a madera seca—. El aire viene afilado hoy.

—Eso parece.

—Pero es frío sano. Del que mata la plaga.

Se miraron unos segundos. El hombre tenía la piel curtida como el cuero de una silla de montar y unos ojos claros, acuosos, que habían visto pasar demasiados inviernos.

—Rubén Carter —se presentó, tendiéndole la mano—. Vengo de parte de Isabel Samay. De Madrid.

El guarda le estrechó la mano. Su palma era dura, callosa.

—Tomás Villaverde.

No añadió "el guarda". No hacía falta.

—Isabel estuvo aquí hace unos días —continuó Rubén—. Se llevó la biblioteca.

Tomás asintió, mirando hacia la casa.

—La señorita silenciosa. Sí. La vi. Miraba la casa como si le doliera.

—Es su trabajo. Entender las cosas viejas.

Tomás se limpió las manos en el pantalón.

—Si quiere hablar, mejor entramos. Aquí fuera las palabras se congelan antes de salir de la boca.

Caminaron hacia la entrada de servicio. La cocina era amplia, con suelo de baldosa hidráulica desgastada por el paso de generaciones. Una chimenea baja mantenía un fuego constante, sin llama alta, solo brasas rojas que respiraban. Olía a humo de encina y a café recién hecho.

Tomás sirvió dos tazas de loza gruesa sin preguntar.

—Tómelo. Está fuerte. Aquí el café flojo no sirve para nada.

Rubén aceptó la taza. El calor de la cerámica le devolvió la sensibilidad a los dedos.

—Gracias.

Se sentaron a una mesa de madera lavada por mil fregados.

—Don Julián se sentaba ahí —dijo Tomás, señalando la silla vacía frente a Rubén—. Pasaba más tiempo en esta cocina que en el salón noble. Decía que aquí el fuego calentaba de verdad.

—¿Cómo era él? —preguntó Rubén, yendo al grano, pero con suavidad.

Tomás sopló su café antes de responder, buscando las palabras exactas.

—Para entender a don Julián hay que entender de dónde venía —dijo con voz grave—. Su padre, don Eulogio, era un hombre de hierro. Hizo fortuna con el metal. Fábricas, suministros... y cuando la cosa se puso fea en el 36, armamento.

Rubén dejó la taza sobre la mesa, atento al dato.

—¿Vendía armas?

—Vendía a quien pagara —aclaró Tomás, mirando las brasas como si viera arder aquel dinero—. Decía que las balas no tienen bando. Don Eulogio llenó la casa de dinero mientras el país se desangraba. Y Julián creció viendo eso.

Hizo una pausa y miró a Rubén a los ojos.

—Por eso, al principio... antes de irse al frente, Julián era un señorito. Orgulloso. Venía a cazar, a dar órdenes, a gastar el dinero de su padre con arrogancia. Pero cuando volvió de la guerra... volvió vaciado.

—¿Vaciado?

—Sí. Como si le hubieran quitado el relleno y solo quedara la cáscara. Caminaba despacio. Miraba al suelo. Dejó la escopeta y no volvió a tocar un arma, ni para matar una alimaña. Se volvió... hacia adentro.

Rubén sacó su libreta, pero decidió no escribir nada todavía. Quería que Tomás siguiera hablando.

—Me han dicho que pasaba mucho tiempo en la biblioteca.

—Todo el tiempo. Y en el campo. Pero no cazando. Mirando. Se pasaba horas con las plantas. Traía semillas raras, hacía injertos... Decía que las plantas no mienten. Que si las cuidas, crecen. Que no tienen doblez.

—¿Escribía?

—Siempre llevaba un cuaderno. Apuntaba cosas. Mezclas, nombres en latín... A veces se manchaba las manos de tintes y potingues. Química, decía él. Yo le decía: "Don Julián, que huele usted a botica". Y él se reía. Una risa triste, pero se reía.

Rubén decidió que era el momento. Sacó el móvil y buscó las fotos que Isabel le había enviado desde el taller.

—Tomás, necesito que mire esto.

Le mostró la pantalla. La foto de la portada de tela basta, el cosido a mano.

—Este libro apareció en el lote. No estaba en el inventario. ¿Le suena?

Tomás se ajustó unas gafas de presbicia que sacó del bolsillo de la camisa. Se inclinó sobre el teléfono. Negó con la cabeza.

—No. Ese libro no ha estado en la casa. Yo limpiaba la biblioteca. Conozco los lomos. Este... tan basto... no.

—Mire dentro.

Rubén deslizó el dedo para pasar a la foto de la caligrafía. El texto sobre botánica. Tomás se quedó inmóvil. El aire en la cocina pareció detenerse.

—Ah —soltó, un suspiro breve.

—¿Lo reconoce?

El viejo guarda levantó la vista. Sus ojos brillaban ligeramente a la luz del fuego.

—Esa letra... Es la letra de don Julián. Pero la letra de los días malos.

—¿Los días malos?

—Cuando le temblaba el pulso. Cuando no dormía. Escribía así, apretado, como si quisiera ahorrar papel. O como si tuviera miedo de que se le acabara la tinta antes de terminar.

Rubén pasó a la siguiente foto: un dibujo de una flor de loto, diseccionada con precisión quirúrgica. Tomás sonrió con melancolía.

—El loto. Sí. Estaba obsesionado con esa flor. Decía que nacía del fango y salía limpia. "Tomás", me decía, "ojalá las personas fuéramos como el loto. Que la mierda no se nos pegara a la piel".

Rubén sintió un escalofrío. Guardó el móvil.

—Entonces, el libro es suyo. Lo hizo él.

—Seguro. Nadie más dibujaba así en esta casa.

—¿Sabe por qué lo escondería?

Tomás se encogió de hombros y miró por la ventana, hacia el bosque de pinos.

—Don Julián guardaba muchas cosas, señor Carter. No solo libros. Guardaba silencios. Ayudaba a gente del pueblo, pagaba médicos, tapaba agujeros... y nadie sabía que era él. Decía que la caridad con nombre es vanidad.

—¿Cree que el libro guarda algo más que plantas?

Tomás lo miró fijamente.

—Don Julián no daba puntada sin hilo. Si se tomó el trabajo de coser ese libro con sus propias manos... es porque lo que hay dentro no podía dejarse suelto.

Se levantó y echó un tronco a la chimenea. Las chispas volaron hacia arriba, perdiéndose por el tiro negro.

—Tenga cuidado con lo que remueve —dijo Tomás de espaldas—. A veces, el silencio es lo único que mantiene las paredes en pie.

—Lo intentaré —prometió Rubén, levantándose también—. Gracias por el café, Tomás. Estaba bueno.

—Es lo único que calienta aquí.

Salieron de nuevo al jardín. El viento había amainado, pero la luz de la tarde empezaba a caer, volviendo el paisaje azul y gris. Rubén caminó hacia el coche. Antes de entrar, miró atrás. Tomás seguía en la puerta, pequeño bajo el dintel de piedra, vigilando una casa vacía que ya no tenía a nadie a quien proteger.

Rubén arrancó el motor. Tenía la confirmación. El libro era de Julián. Y Julián, el hombre que quería ser como el loto, había escondido su verdad bajo capas de botánica y miedo.

Ahora le tocaba a Isabel, en Madrid, empezar a rascar.

  

Capítulo 4. La primera lectura

 «La primera palabra recuperada es como el primer soplo de aire tras un ahogamiento. No es solo tinta sobre papel; es un pulso que vuelve a latir. La pregunta ya no es qué dice el libro, sino si estamos preparados para escuchar el resto.»

Isabel Samay, Cuaderno de bitácora.

 

Isabel se levantó antes que la ciudad.

Siempre le había gustado ese momento incierto, esa tregua azulada en la que Madrid aún no ha decidido si despertar o seguir fingiendo que duerme. En el exterior, la ciudad absorbía la humedad bajo un cielo gris y opresivo. El termómetro apenas superaba el cero y el aire que se colaba al abrir la ventana traía el olor inconfundible del invierno urbano: piedra mojada, tubo de escape frío y lejanía.

Tras un café de malta, entró en el estudio.

Situada en la segunda planta, contigua al taller principal, aquella estancia no estaba concebida para intervenir, sino para diagnosticar. La luz del norte entraba tamizada por estores de lino crudo, diseñados para anular cualquier aberración cromática. El silencio era absoluto, solo roto por el zumbido casi imperceptible del sistema de climatización que mantenía la humedad relativa en un 50% estricto.

Isabel vestía ropa de trabajo, pero no la bata. Blusa de algodón lavado, pantalón amplio color arena. El cabello recogido en la nuca, despejando el rostro. Se lavó las manos con jabón neutro, se secó con papel y se colocó los guantes de nitrilo azul cobalto. Se ajustaban a sus dedos como una segunda piel, anulando la grasa humana, pero preservando la yema para el tacto.

Frente a ella, la mesa de análisis.

Sobre la superficie de Tyvek acolchado, el instrumental esperaba con la precisión de un quirófano. No había nada superfluo. Las espátulas de teflón y acero, el bisturí de hoja fija, las pinzas de punta plana, la plegadera de hueso pulido por años de uso y los pesos de plomo forrados en terciopelo. Todo alineado en paralelo al borde de la mesa.

Y en el centro, sobre un atril de metacrilato en forma de V, el libro.

Isabel no lo tocó de inmediato. Lo observó bajo la luz fría de la lámpara articulada. Ayer, en el caos de la llegada, le había parecido un objeto tosco. Hoy, en la asepsia del estudio, le parecía un superviviente. Medía diecisiete por doce centímetros. Un formato de bolsillo, íntimo. Las tapas eran cartón reutilizado —quizá de cajas de zapatos o de embalaje— forrado con una tela de algodón de una verde oliva sucio, teñida en casa, con aguas irregulares donde el tinte se había acumulado. El lomo no tenía título. Era una tira de piel de cabra, curtida de forma vegetal, cosida a las tapas con un hilo de cáñamo visible.

Costura expuesta, anotó mentalmente. Técnica copta o similar. Funcional. Indestructible.

Acercó la lupa de cinco aumentos. El hilo estaba tenso, sin holguras. Quien hizo esto no buscaba belleza, buscaba resistencia. Abrió el libro con suavidad, dejando que el atril soportara el peso de las tapas. Las hojas cayeron con un sonido sordo, pesado. Demasiado cargado para ser papel.

Isabel acercó el rostro. No olía solo a papel viejo y oxidación (ese aroma a vainilla de la lignina rompiéndose). Había algo más. Un olor férreo, mineral. Y debajo, una nota dulzona, animal, que le recordó a los talleres de ebanistería antigua. Cola de conejo. Gelatina.

Pasó la yema del dedo enguantado por el margen de la página siete. El papel no era liso. Tenía una textura terrosa, microgranulada, que frenaba el deslizamiento. A simple vista parecía blanco, o de un crema pálido, pero bajo la luz rasante de la lámpara, la superficie se reveló como un paisaje lunar: pequeñas crestas y valles, imperfecciones de una capa añadida.

Isabel tomó su cuaderno de campo. Escribió a mano, rápido:

 

ANÁLISIS PRELIMINAR – OBJETO S/N Estructura: Solida. Costura íntegra. No hay fatiga en el lomo. Soporte: Papel de celulosa heterogéneo (verjurado y estraza). Patología superficial: El papel presenta un tacto céreo-calcáreo. No es suciedad. Es un recubrimiento intencional. La opacidad es total al trasluz.

 

Dejó el bolígrafo. Tomó el bisturí, no para cortar, sino para usar el reverso de la hoja. Buscó una esquina en una página en blanco al final del volumen. Con una delicadeza extrema, rascó la superficie. Apenas una caricia metálica. Se desprendió un polvillo blanco, finísimo, como talco. Debajo del rasguño, el papel cambió de tono. Dejó de ser blanco mate y mostró un tono más oscuro, amarillento. La fibra real.

—Cal —susurró Isabel.

Mojó un hisopo de algodón en agua desionizada y tocó levemente la zona rascada. La sustancia reaccionó volviéndose pastosa, grisácea, liberando ese olor a animal mojado con más fuerza. Isabel se apartó, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la climatización del estudio.

Volvió al cuaderno. Su letra se volvió más angulosa.

 

DIAGNÓSTICO: Estrato de ocultación. Composición probable: Carbonato cálcico (cal) + Aglutinante proteico (cola animal/gelatina). Técnica: Imprimación aplicada hoja por hoja. Hipótesis: Esto no es una preparación para escribir encima. Es una mortaja. Alguien aplicó una capa de "falso papel" sobre el papel real para sepultar lo que había debajo.

 

Levantó la vista hacia el libro abierto. Ya no veía dibujos botánicos. Veía una fachada. Una pared encalada pueblo adentro. Julián Figueroa no había escrito un libro de plantas. Había pintado un trampantojo. Los dibujos del loto, las raíces, las notas de botánica... todo estaba pintado sobre la capa de cal. Eran la mentira visible que protegía la verdad invisible.

—¿Qué estás tapando? —le preguntó al libro.

Isabel sabía lo que tenía que hacer. Tenía que levantar esa piel. Pero no podía hacerlo en seco, o se llevaría la tinta original —si es que existía— con la cal. Necesitaba humedad controlada. Necesitaba tiempo. Y necesitaba saber si estaba a punto de destruir la obra de un hombre desesperado.

Apagó la luz de la lámpara. En la penumbra repentina del estudio, el libro pareció brillar levemente con su propia blancura enferma. Miró el reloj. Aún era temprano, pero sentía el agotamiento de quien acaba de correr una maratón mental.

Dejó el bisturí en su sitio. Cubrió el libro con un paño de algodón limpio.

—Esta tarde —dijo al aire vacío—. Esta tarde empezamos a excavar.

  

Capítulo 5. Antes de escuchar

 «La caligrafía no miente; puede ocultar, pero siempre deja un rastro de la presión del alma sobre el papel. Julián dibujaba raíces y semillas con una precisión obsesiva, como si necesitara aferrarse a la lógica de la naturaleza para no volverse loco con la lógica de los hombres. Sus ilustraciones no son solo adornos; son el parapeto de un hombre que decidió vivir en una metáfora para no morir en la realidad.»

Isabel Samay, Cuaderno de bitácora.

 

El pasillo que unía el taller con la vivienda era una frontera invisible. Isabel lo cruzó despacio, sintiendo cómo el olor a disolventes quedaba atrás, sustituido por el aroma neutro y doméstico de la casa en calma.

La cocina, abierta al salón, estaba bañada por una luz de invierno que entraba horizontal, casi mineral, haciendo brillar el cobre de la campana extractora y la madera de la isla central. Era un espacio de silencio. Isabel necesitaba desacelerar. El análisis del libro le había dejado un zumbido eléctrico detrás de las orejas, esa tensión específica de cuando el cerebro detecta un patrón, pero aún no lo descifra.

Preparó algo sencillo. Quinoa, verduras asadas, agua. No encendió la radio. Comió sentada en un taburete alto, despacio, mirando cómo las partículas de polvo bailaban en un haz de luz. Cada cucharada era un ancla que la devolvía a la realidad física, lejos de las capas de cal y los secretos de 1939. En los Andes dicen que la quinoa da fuerza al ánimo; Isabel solo le pedía que le quitara el frío.

Al terminar, lavó el cuenco y la cuchara con movimientos mecánicos. El orden doméstico era su terapia. Ver la encimera limpia le daba una sensación de control que el libro marrón le estaba negando. Se preparó un té matcha. El verde intenso de la infusión humeaba en la taza blanca. Bebió un sorbo, caliente, terroso. Miró el reloj.

—Se acabó la tregua —dijo al silencio de la casa.

Regresó al estudio llevando la taza consigo. La luz había cambiado. Ahora el sol incidía bajo, tiñendo la mesa de trabajo de un ámbar denso que alargaba las sombras de los instrumentos quirúrgicos.

El libro seguía allí. Abierto. Desafiante.

Isabel no se sentó de inmediato. Se dirigió a la estantería de referencia, esa pared forrada de volúmenes técnicos que eran su verdadero respaldo. Sus dedos recorrieron los lomos hasta encontrar lo que buscaba: Escritura y Personalidad de Augusto Vels y un viejo manual de Paleografía Contemporánea. De otro estante, más bajo, sacó el Dioscórides Renovado de Font Quer.

Los colocó sobre la mesa auxiliar, abriéndolos como quien despliega mapas antes de una batalla. No era grafóloga forense ni botánica, y la soberbia era el primer error del restaurador. Tenía que cotejar.

Volvió al libro. Ajustó la lupa de ocho aumentos sobre la caligrafía de la página doce. Comparó el trazo con las láminas del manual de Vels. Miró la inclinación. La presión.

—Veamos quién eras, Julián —murmuró.

La letra no fluía. Estaba construida. Isabel observó que los óvalos de las letras "o" y "a" estaban cerrados herméticamente, a veces con doble vuelta. Según los manuales, eso indicaba una reserva absoluta, un secreto guardado bajo llave. Pero lo que más le inquietaba era la rigidez vertical. No había oscilación. El ductus —el camino que sigue la pluma— era tan regular que parecía mecanografiado.

Isabel anotó en su cuaderno, esta vez sin esquemas rígidos, dejando que su mano pensara:

 

La escritura no respira. Hay una "firmeza tónica" excesiva. No hay trazos lanzados, ni adornos, ni caídas por cansancio. Es una "escritura máscara". Quien escribe esto está ejerciendo un control brutal sobre su propia mano para no temblar. O para no ser reconocido. Es la letra de un hombre que se ha convertido en su propia cárcel.

 

Dejó el lápiz y tomó el Dioscórides. Pasó al análisis de los dibujos. Julián había dibujado plantas. Muchas. Pero al compararlas con las láminas académicas del libro de referencia, Isabel notó la diferencia. El botánico dibuja para clasificar; Julián dibujaba para usar. Identificó las hojas serradas de la Salix alba. El sauce.

—Aspirina natural —susurró, comprobando la entrada en el manual—. Corteza para la fiebre y el dolor.

Siguió pasando páginas. Achillea millefolium (Milenrama): para cortar hemorragias. Plantago major (Llantén): cicatrizante. Raíces de Enea: comestibles en caso de hambruna.

No había rosas. No había lirios. Isabel se echó hacia atrás en la silla. Aquello no era un jardín. Era una farmacia de guerra. Y una despensa de desesperados. Los dibujos estaban aislados en el papel, sin fondo, flotando en la nada blanca. Psicológicamente, aquello denotaba descontextualización: el autor había borrado el mundo (la guerra, el dolor, el entorno) y se había centrado obsesivamente en el único objeto que podía salvarle la vida.

Volvió a escribir:

 

No busca la belleza. Busca la utilidad. Es un inventario de supervivencia. Hay un desplazamiento del trauma hacia el control de la materia: "Si sé cómo curar una herida, quizá la herida no me mate".

 

Se detuvo en la última ilustración visible antes de la zona encalada. El loto. Aquí el trazo cambiaba. Era más suave, menos clínico. Isabel frunció el ceño y consultó el Diccionario de Símbolos de Cirlot. Nelumbo nucifera. El loto hunde sus raíces en el fango, pero su flor sale impoluta a la superficie. Símbolo de renacimiento, de pureza espiritual en entornos adversos, de la capacidad de mantenerse limpio en un mundo sucio.

Isabel se recostó en la silla, intrigada. Aquello no encajaba. En un manual donde todo servía para detener hemorragias, bajar la fiebre o comer raíces, ¿qué función cumplía un loto? No era medicina para el cuerpo.

—Es medicina para otra cosa —murmuró, anotando la anomalía en el margen de su cuaderno con un interrogante grande.

Era la única grieta lírica en la armadura de aquel hombre. Julián Figueroa no solo quería sobrevivir físicamente; había dibujado un tótem. Pero Isabel aún no sabía contra qué demonios estaba luchando para necesitar tanta pureza.

Cerró los libros de consulta. El diagnóstico preliminar estaba hecho. Julián había construido un refugio antiaéreo mental, un inventario de cosas sólidas para no desmoronarse. Y luego, por alguna razón que se le escapaba, lo había tapado todo con cal.

Isabel se levantó y fue hacia la mesa de químicos. Preparó la solución. Agua desionizada, un porcentaje mínimo de etanol para romper la tensión superficial, y una gota de humectante neutro. El zumbido del montacargas rompió el silencio del estudio.

Isabel no se sobresaltó. Su pulso, contagiado por la extraña calma del libro, seguía estable. Escuchó los pasos conocidos, el sonido de las llaves, el peso familiar de alguien que regresa cargado de kilómetros. La puerta se abrió. Rubén traía el frío de la calle en la ropa y una expresión grave en el rostro.

Isabel no se giró de inmediato. Estaba mojando un pincel finísimo en la solución.

—Llegas justo a tiempo —dijo, mirando la página encalada como un cirujano mira la piel antes de la incisión—. Ya sé cómo escribía Julián. Ahora falta saber por qué dejó de hacerlo.

Rubén se acercó, respetando el círculo de luz de la lámpara. Se quedó mirando el dibujo del loto un segundo, con un brillo de reconocimiento en los ojos que Isabel no vio.

—Traigo respuestas de Soria —dijo él en voz baja—. Y creo que encajan con ese dibujo.

Isabel dejó el pincel sobre la mesa y, por primera vez en horas, se giró para mirarlo.

—Entonces siéntate, Rubén —dijo ella—. Porque vamos a empezar a retirar la piel. Y tengo la sensación de que lo que hay debajo va a doler.

 

Capítulo 6. Bajo la capa

 «Restaurar no es solo devolver la forma original a un objeto; es despertar a los fantasmas que dormían en su interior. Al retirar la cal, he comprendido que este libro no contiene tinta, sino oxígeno atrapado. Cada letra recuperada es un pulmón que vuelve a llenarse después de ochenta años de vacío. La pregunta es: ¿quién soy yo para decidir cuándo deben volver a hablar?»

Isabel Samay, Notas de laboratorio.

  

Rubén obedeció. Arrastró un taburete metálico hasta el borde de la mesa, pero no hizo ademán de quitarse el abrigo. El frío de la sierra parecía habérsele instalado en los huesos, o tal vez era el peso de lo que acababa de descubrir.

Dejó su cartera en el suelo con un movimiento lento. El golpe seco del cuero contra la tarima sonó a sentencia.

—He hablado con Tomás —dijo, clavando los ojos en el dibujo del loto que resplandecía bajo la luz clínica—. Y ahora entiendo por qué Julián necesitaba dibujar flores inmaculadas.

Isabel apartó el pincel, dándole espacio para hablar.

—Cuéntamelo.

—Julián Figueroa no era solo un terrateniente melancólico —comenzó Rubén—. Era el hijo de Eulogio Figueroa. Y la fortuna de la familia no venía del campo. Venía del metal.

Isabel arqueó una ceja.

—¿Metal?

—Plomo y pólvora. Su padre fue uno de los mayores proveedores de munición durante la guerra. Vendía a los dos bandos, o al que pagara mejor esa semana. Tomás me ha confirmado que los cimientos de esa casa en Soria están hechos de casquillos. Julián creció en esa abundancia manchada. Era arrogante, seguro... hasta que marchó al frente.

Isabel miró el libro sobre el atril. La capa de cal blanca brillaba bajo el foco, inocente, muda.

—Entonces la herencia estaba manchada —dedujo—. Y Julián lo sabía.

—Lo sabía y lo vivió. Tomás dice que volvió del frente "vaciado". Vendió propiedades, donó dinero en secreto, hizo muchas obras de caridad... Intentaba limpiar el apellido. O curarse él mismo —Rubén señaló el dibujo del loto—. El loto nace del fango, pero sale limpio. Eso es lo que buscaba. Pureza en medio de la suciedad que pagaba su cena.

Isabel asintió despacio. Todo encajaba. La obsesión por la botánica, por las medicinas, por salvar cosas.

—No intentaba curar —murmuró ella, tomando la pipeta—. Intentaba tapar.

—¿Crees que el texto oculto es una confesión? —preguntó Rubén.

—Es un palimpsesto —corrigió ella—. Pero al revés. Aquí no se ha raspado para borrar; se ha añadido para sepultar. Hay una capa de gelatina y carbonato cálcico cubriendo cada página.

—¿Cal?

—La cal desinfecta. Y blanquea. Es la sustancia de las fosas comunes y de las paredes de los pueblos. Julián usó lo que tenía a mano para cubrir el texto sin destruirlo.

Isabel cargó la pipeta con la solución de agua desionizada y etanol.

—Vamos a ver qué hay debajo de la mortaja.

El proceso tenía la tensión de una autopsia. Isabel aplicó una gota en el margen de la primera página. El papel, sediento tras décadas de sequía química, absorbió la humedad. El blanco opaco se volvió translúcido, grisáceo. Un olor agrio, mineral, subió desde la mesa. Olía a obra húmeda y a tiempo cerrado.

Bajo la mancha húmeda, apareció el grafito. Isabel ajustó la luz rasante.

—Fecha —leyó—. 18 de julio de 1936.

Rubén soltó el aire.

—El primer día.

—Y debajo... es una lista. Biela de repuesto. Aceite. Lona.

—Piezas de camión —identificó Rubén—. Julián fue movilizado con su vehículo. O se ofreció.

—Es una nota técnica. Fría. Pero mira la siguiente página.

Isabel aplicó el reactivo en el segundo folio. Aquí, la reacción fue distinta. El papel parecía herido. El lápiz había marcado tanto el surco que casi rasgaba la fibra. La frase emergió del blanco como un grito ahogado:

 

«Que alguien recuerde que estuvimos aquí.»

 

Isabel sintió un escalofrío que le recorrió los antebrazos. Aquello no lo había escrito Julián. La caligrafía era temblorosa, rota, con ángulos agudos que denotaban pánico motriz.

—Letra expósita —dictaminó, aunque su voz carecía de la frialdad académica habitual—. Quien escribió esto lo hizo en un vehículo en marcha, o con las manos atadas, o sabiendo que le quedaban minutos de vida.

Siguió trabajando. Página tres. El olor a humedad se intensificó. El estudio, climatizado y moderno, parecía haberse llenado del aire viciado de una celda. El texto apareció apretado, aprovechando cada milímetro de papel, escrito con una urgencia que dolía leer:

 

«Dile a la niña que no me olvide. Que no he hecho nada malo, solo querer que todos comieran lo mismo. En el bolsillo de mi chaqueta vieja, tras el forro, hay tres duros que guardaba para su santo. Compradle algo bonito. No tengáis odio, que el odio pesa mucho y yo ya no puedo con el mío. Me llevan al amanecer. Que Dios nos perdone a todos, porque los hombres no saben lo que hacen.»

 

Isabel soltó la pipeta sobre la bandeja metálica. El sonido tintineante fue lo único que rompió el silencio brutal del estudio. Se apartó de la mesa. Necesitaba aire. Los "tres duros", el "forro de la chaqueta"... esos detalles domésticos tenían una carga de verdad que ninguna estadística de guerra podía igualar.

—No son recetas —dijo Rubén, con la voz tomada—. Son testamentos.

—Y Julián era el notario —completó Isabel, volviendo a mirar la página—. Fíjate en la siguiente. La letra cambia otra vez. Es más culta. Pluma estilográfica, trazo elegante, aunque manchado de humedad.

Aplicó el solvente.

 

«Padre, muero por unos ideales que creía limpios y que he visto mancharse de sangre en cada cuneta. No me asusta el fusil, me asusta el silencio que vendrá después. Julián, el muchacho que nos conduce, me ha dado este trozo de papel. Dice que lo guardará. La guerra es un animal que se alimenta de nosotros, no importa el color de la camisa. Dile a María que sea libre.»

 

—Julián conducía el camión —dijo Isabel, atando los cabos con horror—. El camión de los paseados. Llevaba a los presos al paredón o a la cuneta.

—Y les daba papel antes de morir —añadió Rubén—. Les daba la oportunidad de despedirse.

Isabel tomó su cuaderno de notas. Escribió rápido, intentando vaciar la emoción en datos técnicos para poder soportarla:

 

La cal no era censura. Era protección. Julián sabía que, si encontraban esos escritos, los destruirían. Los "guardó" bajo una capa de falsa botánica. Convirtió el camión de la muerte en un archivo de últimas voluntades. La "Guía de Supervivencia" no es para el cuerpo. Es para la memoria.

 

Cerró el cuaderno. Miró sus manos. Tenía restos de polvillo blanco en las yemas. Restos de la cal que había tapado el dolor de trescientas personas durante ochenta años. Fue al lavabo del rincón y abrió el grifo. El agua fría corrió sobre su piel, llevándose el rastro físico, pero sabiendo que el rastro moral ya no se iría nunca.

—¿Qué hacemos? —preguntó Rubén desde la penumbra.

Isabel se secó las manos con una toalla de lino, despacio.

—Julián cumplió su parte. Los guardó —dijo, volviendo a la luz del flexo donde el libro abierto parecía ahora un órgano vivo y palpitante—. Ahora nos toca a nosotros hacer la entrega.

Se giró hacia Rubén.

—Esas familias llevan ochenta años esperando esos tres duros y esa despedida. No vamos a tasar este libro, Rubén. Vamos a abrirlo.

 

Capítulo 7. La geografía del desamparo

 «Un mapa no siempre sirve para encontrar el camino a casa; a veces, solo documenta el rastro de un extravío. Julián Figueroa cruzó España de bando a bando, pero su verdadera frontera no era política, era humana. Estamos mapeando el desamparo, y al unir los puntos de los testimonios con las muestras de suelo, el mapa que surge es más profundo y oscuro de lo que cualquier archivo oficial se atrevería a admitir.»

Rubén Carter, Cuaderno de investigación.

 

Isabel preparó una infusión de muña. Dejó que las hojas reposaran en el agua hirviendo más de la cuenta, buscando liberar esa esencia mentolada y terrosa de los Andes que su abuela usaba para aclarar el pecho y las ideas. El vapor llenó el estudio, disipando el olor químico de los disolventes.

Abrió la ventana apenas una rendija. No quería frío, quería oxígeno.

Sobre la mesa de trabajo, el libro "desollado" mostraba sus entrañas. Isabel no quería leer más todavía; necesitaba situarse. Extendió un mapa de carreteras de la Península Ibérica, una edición antigua, y empezó a marcar puntos con un lápiz blando. Soria. Teruel. El delta del Ebro. Alicante.

A media mañana, el estudio ya no era un laboratorio. Era una cartografía del dolor.

Unos golpes suaves en el marco de la puerta la hicieron girar. Rubén estaba allí, con ojeras marcadas y una taza de café humeante en la mano.

—He visto luz desde la calle —dijo, entrando sin pedir permiso—. Supongo que tampoco has podido dormir pensando en el camión.

Isabel negó con la cabeza y señaló el mapa lleno de marcas de grafito.

—Es un itinerario, Rubén. He estado cruzando los datos de los folios con los restos microscópicos que encontramos en las fibras. Julián no se quedó en la retaguardia. Siguió la guerra. O la guerra le siguió a él.

Rubén se acercó al mapa.

—La ruta de los suministros —murmuró—. Su padre vendía munición. Los camiones tenían que ir donde estaba el frente.

Isabel encendió el monitor grande conectado al microscopio digital.

—Mira esto. Folios del 10 al 15.

En la pantalla apareció una ampliación de la fibra del papel. Entre la celulosa, brillaban unas partículas rojizas.

—Polvo de ladrillo y ceniza —explicó Isabel—. Típico de zonas bombardeadas donde el edificio se pulveriza. Y el texto que lo cubre habla de "cómo potabilizar agua estancada".

—El Ebro —dijo Rubén—. Verano del 38. Calor, bombardeos y sed.

—Exacto. Pero mira los últimos folios.

Isabel cambió la imagen. Ahora las fibras mostraban cristales cúbicos, perfectos, transparentes.

—Cloruro sódico. Salitre. Y el papel está deformado por una humedad ambiental saturada.

—Alicante —sentenció Rubén—. El final. Marzo del 39.

Isabel se sentó frente al libro.

—Es un mapa del desamparo, Rubén. Julián usó su posición privilegiada, moviéndose entre líneas con el salvoconducto de la munición, para recoger a los que caían. De un lado y de otro.

—¿De ambos bandos?

—Escucha.

Isabel aplicó el reactivo sobre una página del principio. Soria, agosto de 1936. Zona sublevada. El texto emergió con trazo infantil:

 

«Madre, no llores... dile a mi hermano que se esconda en el pajar, que no baje al pueblo. Han venido los de la Falange a por el tío. Julián, el chófer, dice que me llevará con él en este papel. Rezar por mí.»

 

Rubén apretó la mandíbula.

—Un represaliado republicano. Un "paseado".

Isabel avanzó varias páginas. Teruel, invierno de 1937. La "Estación del Frío". El papel estaba rígido, como si se hubiera congelado y descongelado varias veces. Bajo la cal, apareció una letra culta, quizás de un oficial, escrita con una pluma que rasgaba el papel:

 

«Caímos por Dios y por España, pero aquí solo hay hielo y piojos. Me muero sin saber si mi sacrificio sirvió de algo. Dile a mi esposa que no se fíe de los nuevos mandos. Que guarde la medalla, pero que esconda a los niños. Esto no es una cruzada, es un matadero.»

 

—Un soldado nacional —observó Rubén, fascinado—. Desengañado.

—A Julián no le importaba la camisa que llevaran —dijo Isabel—. El camión era territorio neutral. Una embajada de humanidad con ruedas. Mientras cargaba cajas de balas para matar, usaba la cabina para salvar lo único que podía salvar: las últimas palabras.

Finalmente, llegaron a la costra de sal. Alicante. El puerto. El caos final. El texto estaba tan apretado que las líneas se montaban unas sobre otras. Faltaba papel. Faltaba aire.

 

«El puerto es una ratonera. Los barcos no vienen. Julián llora en el volante mientras nos reparten las últimas hojas de su cuaderno. Somos miles esperando. No nos recordéis como soldados derrotados, sino como hombres que solo querían ver el mar una vez más. Que la cal no borre nuestros nombres.»

 

Isabel soltó el hisopo. Tenía los ojos vidriosos.

"Que la cal no borre nuestros nombres" —repitió en un susurro—. Qué terrible ironía. Julián usó precisamente la cal para salvarlos. Los enterró en blanco para que el tiempo no se los comiera.

Rubén miró el montón de páginas aún por revelar al final del libro. Allí, la capa de cobertura era más gruesa, más deliberada.

—Esas trescientas voces ya han hablado —dijo él—. Pero falta una.

Isabel asintió, secándose una lágrima furtiva con el dorso de la mano. Miró el bloque final, donde el relieve sugería una escritura densa, tranquila, hecha ya en la soledad de la posguerra.

—Sí —dijo—. Ya hemos escuchado a las víctimas. Ahora es el momento de escuchar al verdugo que decidió dejar de serlo.

  

Capítulo 8. El testamento del guardián

 «Hay una diferencia abismal entre leer un texto y escuchar una voz. Al retirar la última capa de cal, las palabras de Julián no han aparecido sobre el papel; han emergido de él como una confesión necesaria. Este no es el testamento de un hombre que lega una fortuna, sino el de un guardián que entrega una llave. He pasado semanas analizando su técnica, pero solo ahora, al leer su carta, comprendo que su mayor obra de restauración fue su propia vida.»

Isabel Samay, Cuaderno de bitácora.

 

Isabel aplicó el reactivo sobre las últimas páginas con una lentitud reverencial. Rubén se mantuvo detrás, respirando apenas, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper el hilo de voz que estaba a punto de surgir.

Sabían que lo que venía no era un mensaje de auxilio de una víctima. Era la voz del hombre que había decidido cargar con todos ellos.

Bajo la última capa de cal, disuelta en una nube lechosa, la letra de Julián apareció. No era la caligrafía temblorosa de la guerra, ni la técnica de los apuntes botánicos. Era una letra firme, desnuda, clavada en el papel con una tinta negra que no había perdido intensidad. Era la letra de alguien que se está quitando la piel.

Isabel leyó en voz alta, y su voz resonó en el estudio como una sentencia:

 

«A quien tenga el valor de limpiar mi rastro:

Si estás leyendo esto, significa que el tiempo no ha logrado devorar lo que la cal protegió. Me llamo Julián Figueroa y, durante tres años, fui el hombre que conducía el camión hacia el abismo. Mi padre, Eulogio, fabricaba el plomo que perforaba los cuerpos, y yo ponía los motores que los llevaban a la fosa. Al principio me dije que era mi deber. Que era la guerra.

Pero mentí. El deber no tiene el sonido que yo escuché.

Una noche, en la carretera de Teruel, el motor se caló. En el silencio de la escarcha, oí rezar a los hombres que llevaba en la caja. No eran enemigos. Eran maestros, campesinos, padres. Comprendí entonces que cada moneda que entraba en mi casa olía a pólvora y a carne quemada. Comprendí que mi herencia estaba maldita. No tuve el valor de abrir la puerta trasera y dejarlos ir, porque el miedo es una cárcel más alta que cualquier muro. Fui un cobarde. Pero, en mi cobardía, decidí robarle algo a la muerte: sus nombres.

Les di papel. Les di lápiz. Y prometí que guardaría sus voces.

He pasado el resto de mi vida ocultando este cementerio de papel bajo dibujos de plantas. Renuncié a la fortuna de mi padre, a sus fábricas y a su mundo de metal, porque el metal miente y hiere. Me refugié en la tierra. La tierra no traiciona. El sauce no pregunta de qué bando eres antes de bajarte la fiebre. El llantén cicatriza la piel roja y la piel azul por igual. Ellas, las plantas, fueron las únicas que no me juzgaron.

Escribí esta falsa guía para que el libro sobreviviera en una estantería cualquiera, invisible, hasta encontrar unas manos que no temieran mancharse con la verdad. Hoy te entrego sus voces. Ya no son mi secreto. Ahora son tu memoria. No permitas que vuelvan al silencio, porque entonces sí habré muerto del todo.

Julián Figueroa de Almarza, 1945.»

 

Isabel dejó el algodón sucio sobre la bandeja metálica. El silencio que siguió a la lectura fue absoluto. No era un silencio vacío; era un silencio poblado. El estudio parecía haberse llenado de trescientas presencias que, por fin, podían dejar de contener la respiración.

La confesión de Julián explicaba toda su vida: su aislamiento, su obsesión por la pureza del loto, su rechazo al dinero familiar. Había intentado purificar con savia lo que su apellido había ensuciado con sangre.

—No fue un verdugo —dijo Rubén con la voz tomada, mirando la firma del hombre cuyo rastro había seguido hasta Soria—. Fue el único que se acordó de ellos.

Isabel se quitó las gafas. Sentía un agotamiento físico profundo, como si hubiera estado cavando tierra con las manos desnudas. Miró las hojas reveladas, húmedas, oliendo a reactivo y a pasado. Ya no veía un objeto de colección. Veía una deuda.

—Julián no quería ser rico, quería ser justo —dijo ella en voz baja—. Y ahora la justicia depende de nosotros.

Se levantó despacio y se quitó la bata blanca, revelando su ropa de calle. Fue un gesto simbólico: el tiempo del laboratorio había terminado. El tiempo de la asepsia había concluido. Ahora tocaba salir al mundo real, donde las heridas siguen abiertas.

Fue hacia el teléfono y descolgó. Sus dedos, aún con la memoria táctil del papel de Julián, marcaron un número que conocía bien pero que nunca había querido usar para algo tan grave.

—¿A quién llamas? —preguntó Rubén.

Isabel miró el libro abierto, ese "sarcófago" que acababan de profanar para bien.

—A la única persona en Madrid que puede gestionar un legado así sin que lo destrocen los políticos o los buitres —respondió—. A Alba Lafuente. Tenemos trescientas promesas que cumplir, Rubén. Y no podemos hacerlo solos.

 

Capítulo 9. El jardín de los legados

 «Alba Lafuente mira el pasado como quien observa una pieza de museo: con admiración, pero con la distancia que da el cristal de seguridad. Lo que ella llama “riesgo reputacional”, para nosotros es justicia; lo que ella llama “gestión de recursos”, para Julián fue el sacrificio de una vida. Al entregarle el libro en este jardín, tengo la sensación de que no le estamos dando un objeto, sino una tormenta. Y Madrid nunca ha tenido buenos paraguas para la memoria que incomoda.»

Rubén Carter, Cuaderno de investigación.

 

La calle Serrano rugía al otro lado del muro de ladrillo, pero dentro, el jardín del Parque Florido mantenía su propia atmósfera estanca. Era un silencio apagado por los setos recortados con tijera fina y estatuas que llevaban un siglo sin mirar a nadie.

Isabel y Rubén caminaron por la grava. El sonido de sus pasos era lo único que alteraba el orden del recinto.

Alba Lafuente de Vergara no los esperaba de pie junto a la glorieta. Estaba sentada en un banco de piedra, leyendo un informe en una tablet, ajena al frío de diciembre. Vestía un abrigo de lana marengo y esa clase de bufanda de seda que parece no abrigar, pero que marca una jerarquía. Al verlos, bloqueó la pantalla y se quitó las gafas de lectura.

—Isabel —saludó con una inclinación de cabeza. Luego miró a Rubén con curiosidad analítica—. Y el señor Carter. El hombre que remueve la tierra.

—Gracias por recibirnos con tan poco margen, Alba —dijo Isabel.

—Tenía curiosidad. Tu mensaje hablaba de "patrimonio en riesgo". Normalmente eso significa una subasta ilegal o una colección que se pudre en un sótano. Pero vuestras caras dicen otra cosa.

Isabel no se sentó. Le tendió una carpeta gris. No era el libro —el libro estaba seguro en la cámara acorazada del taller—, sino el informe técnico.

—Se trata de los Figueroa de Almarza. Alba arqueó una ceja. El nombre flotó en el aire frío.

—Munición y acero —dijo ella al instante—. Una de esas familias que pagaron la reconstrucción de España para que nadie preguntara cómo se habían enriquecido antes.

—Julián, el hijo, no pagó con dinero —intervino Rubén.

Alba abrió la carpeta. Sus ojos expertos recorrieron las fotografías de las páginas reveladas: la cal, el grafito, la fecha del 36, los nombres de los muertos. Se detuvo en la carta final de Julián. El silencio se alargó. Un mirlo cruzó el jardín rasante, negro sobre el verde de los cedros.

—Esto no es una colección, Isabel —dijo Alba al fin, cerrando la carpeta con suavidad, como si el papel quemara—. Esto es una fosa común.

—Es un archivo —corrigió Isabel—. Un archivo protegido por un hombre que condujo el camión de las ejecuciones y decidió que no podía salvar los cuerpos, pero sí los nombres. Hay trescientas despedidas ahí dentro. Republicanos, nacionales, gente sin bando.

Alba se levantó y caminó unos pasos hacia el estanque helado. Sus tacones golpeaban la piedra con un ritmo seco.

—¿Sabéis lo que me estáis trayendo? —preguntó sin mirarlos—. Esto no es arte. No es cultura amable. Esto es metralla. Si la Fundación hace público esto, habrá llamadas. Habrá familias poderosas, nietos de ese "Eulogio", que no querrán que se sepa que su fortuna viene manchada de sangre. Y habrá familias de las víctimas exigiendo reparaciones que nadie puede pagar.

Se giró hacia ellos. Su rostro había perdido la máscara de cortesía. Ahora era la directora de una institución que navega en aguas políticas.

—España está construida sobre un pacto de silencio, Isabel. Levantar esa alfombra tiene un coste.

—El coste ya lo pagó Julián —respondió Rubén. Su voz sonó tranquila, pero dura como el pedernal de Soria—. Él renunció a todo. Vivió y murió solo para proteger esto. Nosotros solo somos los mensajeros.

Isabel dio un paso adelante.

—No te pedimos que juzgues la historia, Alba. Te pedimos que la conserves. Tú te dedicas a eso. Restauras cuadros, proteges esculturas... ¿Por qué un Goya vale más que la última carta de un maestro de escuela fusilado en Teruel?

Alba sostuvo la mirada de Isabel. Dos profesionales midiéndose.

—Porque el Goya es bello —dijo Alba—. Y esto... esto es verdad. Y la verdad suele ser fea.

Alba volvió a mirar la carpeta que tenía en las manos. Acarició la superficie del cartón.

—Julián Figueroa... —murmuró—. El centinela botánico. Suspiró, y el vaho blanco se disolvió en el aire.

—Está bien.

—¿Lo harás? —preguntó Rubén.

—La Fundación se hará cargo de la custodia y la investigación —dijo Alba, recuperando el tono de mando—. Localizaremos a los descendientes. Con discreción. Sin prensa, al principio. Entregaremos los mensajes en privado— se metió la carpeta bajo el brazo, pegándola al cuerpo —. Traedme el libro mañana. Lo meteremos en la cámara de seguridad junto a los códices medievales. Supongo que es su sitio. Al fin y al cabo, ambos cuentan historias de barbarie y de fe.

Empezó a caminar hacia la salida, pero se detuvo bajo el arco de piedra.

—Una advertencia, Isabel.

—Dime.

—Una vez que abramos esa caja, no habrá vuelta atrás. Los fantasmas de 1936 son muy pacientes. No buscan venganza, ni siquiera justicia —Alba miró hacia el palacio, hacia las ventanas cerradas de la historia oficial—. Buscan reconocimiento. Buscan que alguien les diga: "Sí, estuvisteis aquí". Y España nunca ha sabido muy bien cómo decir esa frase.

Alba se alejó por el sendero. Su coche negro la esperaba en la puerta lateral. Isabel y Rubén se quedaron solos en el jardín. El ruido de la calle Serrano parecía ahora un poco más lejano, más irrelevante. Rubén se subió el cuello del abrigo.

—¿Hemos hecho lo correcto? —preguntó.

Isabel miró las copas de los cedros, que habían visto pasar tantas generaciones, tantas guerras y tantos silencios.

—No lo sé —respondió ella, sintiendo por primera vez que el peso del libro desaparecía de sus hombros—. Pero Julián ya puede descansar. Y nosotros... nosotros volvemos al trabajo.

El viento movió las ramas desnudas. El silencio del jardín ya no era un vacío. Era un espacio listo para ser llenado.

 


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