domingo, 30 de noviembre de 2025

El rostro que no debía existir

Capítulo 1. El encargo 

Torre de Cristal. Planta 33.

La arquitectura vertical es una forma de censura: cuanto más subes, menos ves la suciedad de la calle. Aquí arriba el aire está presurizado y la luz no calienta. Todo brilla demasiado. No hay pátina, no hay grietas, no hay error humano. Es un entorno estéril diseñado para que te sientas pequeño y, sobre todo, para que olvides que abajo, en el suelo, la vida sigue siendo caótica y real.

Me siento como un anacronismo con mi cartera vieja. Este edificio me repele.

Nota: Nunca fiarse de un lugar que no huele a nada. La ausencia de olor es la primera señal de que alguien está ocultando algo.

Rubén Carter, Cuaderno de investigación, página 1.

 

 Madrid, 15 de diciembre de 2018

El viento avanzaba entre las Cuatro Torres con esa violencia específica de los túneles de viento artificiales. Rubén Carter se subió el cuello de la gabardina y aferró la correa de su cartera. El cuero viejo, cuarteado en los bordes por el uso diario, era la única textura orgánica en un radio de quinientos metros. Todo lo demás —acero, vidrio templado, hormigón pulido— repelía el tacto.

Frente a él, la torre negra no parecía un edificio, sino una ausencia de luz. Una estructura hermética diseñada para que nadie mirara hacia dentro, sino para que el exterior se reflejara en ella distorsionado.

Rubén avanzó hacia la puerta giratoria. El sensor de movimiento se activó antes de que llegara, haciendo girar las hojas de cristal con un zumbido eléctrico grave. Al cruzar la entrada, el ruido de la ciudad se cortó de golpe, sustituido por un silencio presurizado y un olor aséptico, mezcla de limpiador industrial y aire recirculado.

Se acercó al mostrador de seguridad. El guardia no levantó la vista del monitor hasta que Rubén estuvo frente a él.

—DNI, por favor.

Rubén deslizó el plástico sobre la superficie de Corian blanco.

—Rubén Carter. Reunión en la planta 33.

El guardia tecleó con mecánica indiferencia. Luego cogió una tarjeta con la palabra “Visitante” junto a un código QR y la entregó.

—Tornos de la derecha. Ascensor B. Lleve esto en la solapa.

Rubén obedeció, sintiéndose ridículo con aquella etiqueta de "VISITANTE" sobre el algodón y poliéster de su gabardina. Pasó el código QR por el lector y los tornos liberaron el paso con un chasquido metálico. El ascensor B llegó casi al instante. La cabina era una caja de espejos y metal cepillado. Al cerrarse las puertas, Rubén sintió esa leve presión en los oídos característica de los sistemas de alta velocidad. La pantalla digital devoraba números: 10... 20... 30... Miró su propio reflejo. Parecía fuera de lugar, un anacronismo de colores tierra en un mundo de escala de grises. Pensó en la paradoja de aquellos lugares: se construían para dominar el horizonte, pero una vez dentro, te aislaban completamente de él.

Planta 33. Las puertas se abrieron. Una mujer de traje sastre y sonrisa protocolaria lo esperaba.

—¿Señor Carter? Acompáñeme. Sala Cima.

Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones. El pasillo era interminable, flanqueado por despachos de cristal donde gente sin rostro gesticulaba ante pantallas. El suelo de moqueta absorbía el sonido de los pasos, creando una atmósfera irreal, como si caminaran bajo el agua.

Lo dejó en una sala de reuniones que olía a una mezcla de muebles nuevos y aire filtrado. No se percibía humedad alguna.  

—En seguida le atenderán —respondió con una breve sonrisa.

 Rubén se quedó solo. No se sentó. Se acercó al ventanal de suelo a techo. Madrid se extendía abajo como una maqueta gris y ocre, reducida a geometría irrelevante por la altura. La puerta se abrió a sus espaldas. No hubo preámbulos.

—Gracias por la rapidez, señor Carter.

El hombre que entró vestía un traje que costaba más que el coche de Rubén. Tenía esa seguridad corporal de quien está acostumbrado a que el espacio se reordene a su alrededor. No le dio la mano; fue directo a la cabecera de la mesa y depositó una carpeta negra y un pequeño objeto envuelto en terciopelo.

—Mi mujer lo compró en el Rastro el domingo. Dice que le da "mala espina". Yo digo que es sugestión.

Rubén se acercó.

—¿Y por eso me llama a mí? ¿Para arbitrar una discusión doméstica?

El ejecutivo lo miró, evaluándolo por primera vez.

—Lo llamo porque la pieza tiene... anomalías. Mírela.

Rubén desdobló el terciopelo. Era un camafeo de estilo victoriano pero la imagen era de mediados del siglo XX. Oro bajo, probablemente 14 quilates, engarzando una pieza de marfil tallado. Representaba el perfil de una mujer joven. Pero el rostro apenas estaba. Rubén sacó su lupa de bolsillo y se inclinó. No era un desgaste natural. La superficie del marfil mostraba surcos profundos, agresivos.

—Esto se ha hecho con un buril o una punta de acero —murmuró Rubén, más para sí mismo que para el cliente—. Son trazos verticales, con fuerza. Quien hizo esto no quería dañar la joya. Quería matar la imagen.

—Mire el reverso.

Rubén le dio la vuelta con cuidado. La inscripción era fina, casi quirúrgica: E.B. & A.L. – 1960

—Una fecha demasiado reciente para el estilo del marco —apuntó Rubén.

—Exacto —el hombre tamborileó los dedos sobre la mesa—. Investíguelo. Quiero saber quién era y por qué alguien se tomó tanta molestia para querer borrarle la cara.

Rubén sopesó el camafeo en su mano. Pesaba poco, pero tenía esa densidad específica de los objetos que han absorbido demasiada historia.

—Esto no es una antigüedad —dijo Rubén, guardando la lupa—. Es una prueba pericial.

—¿De qué?

—De un olvido provocado— Rubén levantó la vista—. Y el olvido suele ser más caro que la memoria.

El ejecutivo asintió levemente.

—Pase sus honorarios a mi secretaria. Averigüe qué pasó en 1960. 

 

Capítulo 2. El lugar donde los objetos hablan

 Ref. Entrada: Camafeo marfil / Oro bajo.

El tiempo desgasta los objetos de forma concéntrica, suave. El odio, en cambio, deja marcas angulosas.

Lo que Rubén ha traído hoy no es una antigüedad, es una ejecución. He visto las marcas del buril bajo la lupa: incisiones profundas, rápidas, sin vacilación. Quien hizo esto no quería destruir el material, quería asesinar la memoria del rostro. Es violencia conservada en marfil.

A veces, restaurar sería un error. Si limpio la suciedad, revelo la joya. Pero si borrara los rasguños, estaría mintiendo.

Nota de taller: No intervenir. La herida es ahora más importante que la pieza original.

Isabel Samay, Cuaderno de bitácora, página 17.

 

 La calle brillaba bajo la llovizna con ese tono sucio y amarillento de las farolas. Dentro de Antiquarius, sin embargo, el tiempo tenía otro ritmo y otra iluminación. Olía a cera de abeja, a polvo de libros viejos y a trementina.

En la primera planta, Isabel Samay catalogaba un lote de porcelana Imari. No necesitaba mirar el sello de la base; el tacto vidriado y la frialdad del material le decían la época. Anotaba en su cuaderno de registro con una pluma estilográfica: Plato llano, periodo Meiji, grieta de cocción en el borde. El timbre de la puerta rasgó el silencio. Un sonido metálico, real, sin electrónica de por medio.

Isabel dejó la pluma. Sabía quién era por la hora y por la forma de abrir la puerta: un empujón decidido, sin vacilación. Se alisó el jersey de lana gris y bajó la escalera. La madera crujía en el tercer y séptimo escalón. Siempre los mismos.

Rubén Carter estaba de pie junto al mostrador de nogal. Se había quitado la gabardina mojada y la sostenía en el brazo, evitando gotear sobre el suelo de tarima.

—Huele a lluvia ácida —dijo Isabel al llegar abajo, apoyando las manos sobre la mesa.

—Huele a Madrid en diciembre —corrigió él, dejando la cartera de cuero sobre el mostrador—. Y traigo trabajo.

Abrió el cierre con un clic seco y extrajo el paño de terciopelo. Al depositar el camafeo bajo la luz de la lámpara de banquero, el ambiente cambió. No hubo efectos especiales, solo la tensión de dos profesionales ante un problema. Isabel no lo tocó. Se inclinó, ajustándose las gafas que llevaba colgadas al cuello.

—Marfil —diagnosticó al instante—. Pero el engaste es oro bajo. Una mezcla rara.

Abrió el cajón de herramientas. No sacó "instrumentos mágicos", sino un calibrador digital, una lupa de 10 aumentos y unos guantes de algodón blanco. Se los puso con movimientos rápidos y eficientes. Cogió la pieza.

—El relieve es bueno. Muy bueno —Isabel giró el camafeo buscando el ángulo de la luz—. Mira la profundidad del corte en el cuello. Esto es glíptica de la vieja escuela.

—¿Glíptica? —preguntó Rubén, aunque intuía la respuesta.

—El arte de tallar en vacío o en relieve sobre piedras duras o finas. —Isabel le pasó la lupa—. Fíjate. El artesano no ha "dibujado" encima. Ha vaciado el material para que la luz cree la forma. Es un diálogo de sustracción. Quitas lo que sobra hasta que aparece la cara.

Rubén miró a través de la lente. Vio los surcos brutales que tachaban el rostro.

—Pues alguien decidió terminar el diálogo a gritos —dijo.

—Sí —Isabel pasó la yema del dedo enguantado por las marcas—. Esto no es un accidente. Es vandalismo deliberado. Buril de punta plana, aplicado con furia. Mira las rebabas en los bordes de los cortes. Lo hicieron rápido y con rabia.

Le dio la vuelta. E.B. & A.L. – 1960. Isabel acercó la luz rasante a la inscripción.

—Interesante —murmuró.

—¿La fecha?

—No, la técnica —Isabel señaló la letra "B"—. Mira el punto de ataque en la curva. Es profundo, muy marcado. Y la salida del trazo es limpia.

—¿Y eso qué significa?

—Que el grabador era joven —Isabel levantó la vista, los ojos brillantes por la deducción—. Un maestro viejo economiza fuerza. Acaricia el metal. Este grabador atacó el oro. Tenía pulso firme, sí, pero le sobraba testosterona. Quería demostrar que era bueno.

Rubén sonrió levemente. Esa era la Isabel que conocía: capaz de psicoanalizar a un hombre a través de un rasguño en el metal.

—¿Puedes ponerle nombre a ese ímpetu?

Isabel ya estaba tecleando en su portátil.

—La tipografía es una Sans Serif modificada, muy típica de los talleres de la zona de Ópera en los cincuenta. Y esa "y" comercial (&) con la voluta inferior cerrada... —Isabel presionó Enter con fuerza—. Solo había un taller que hacía esa floritura en Madrid.

La pantalla mostró una ficha escaneada de un antiguo anuario de gremios.

 

 LEANDRO CIFUENTES Maestro Joyero y Grabador C/ del Espejo, 12. Madrid. Cese de actividad: 1999.

 

—Calle del Espejo —leyó Rubén—. A diez minutos de aquí.

—Mañana le haremos una visita —sentenció Isabel, cerrando el ordenador—. Lo conozco muy bien.

Rubén asintió y volvió a guardar el camafeo.

—¿Té? —ofreció ella, relajando por fin los hombros.

—Solo si es amargo.

   

Capítulo 3. La memoria del marfil

 Soporte: Marfil.

El marfil no es una piedra inerte; es tejido orgánico calcificado. Es higroscópico: absorbe la humedad, los aceites de las manos y el paso del tiempo. Tiene memoria celular.

Hoy, al ver a Leandro Cifuentes reconocer su trazo, he confirmado lo que la lupa ya me decía: la creación fue un acto de amor técnico; la destrucción, un acto de furia descontrolada.

He observado cómo las líneas naturales de la trama (las líneas de Schreger) se cortan abruptamente donde entró la lima. No es un desgaste. Es una amputación.

Nota de campo: La gente cree que restaurar es devolver la belleza original. Se equivocan. A veces, nuestro trabajo consiste simplemente en estabilizar la cicatriz para que el daño no siga avanzando.

Isabel Samay, Cuaderno de bitácora, página 23.

 

Isabel había llamado a Leandro Cifuentes la tarde anterior. Fue una conversación de veinte segundos. A los viejos artesanos no les gusta el teléfono; prefieren el trato de mostrador.

—Vengan mañana —había dicho él con voz cascada—. A partir de las diez, la luz del estudio es decente.

La casa estaba en el número 12 de la calle del Espejo. El portal era una boca oscura que exhalaba un frío antiguo, de piedra y humedad, ajeno a la temperatura de la calle. No había ascensor. Subieron por una escalera de mármol desgastado por el centro, la huella cóncava de cien años de suelas de zapato. Isabel llamó al timbre. Un zumbido eléctrico, rasgado. Tardaron en abrir. Al otro lado de la puerta se escuchó el arrastrar de unas zapatillas de fieltro y el chasquido de dos cerrojos.

Leandro Cifuentes abrió la puerta. Era más bajo de lo que Rubén esperaba, un hombre menguado por la gravedad, pero de mirada vivísima. Llevaba una chaqueta de punto color tabaco y camisa abotonada hasta el cuello, sin corbata.

—Pasen. Rápido, que se escapa el gato.

No había ningún gato, pero Rubén intuyó que era una frase hecha que el anciano repetía desde 1950.

El piso olía a cera de muebles, a naftalina y a sopa de cocido. No era un museo, era una casa vivida y repleta. Las paredes del pasillo, empapeladas en un tono crema que había virado a ocre, sostenían demasiados cuadros: marinas oscuras, bodegones de caza y fotografías en blanco y negro de gente que miraba a la cámara con seriedad.

—El estudio está al fondo —indicó Leandro, guiándolos por el pasillo crujiente de tarima flotante—. Perdonen el desorden. Desde que enviudé, la casa se me hace grande y los objetos se me amontonan.

El "estudio" era, en realidad, un salón adaptado. Una mesa de joyero, robusta y llena de muescas, ocupaba el lugar de honor bajo el ventanal. La luz de la mañana entraba tamizada por unos visillos de encaje, iluminando partículas de polvo que bailaban en el aire estanco. Sobre la mesa no había ordenadores ni papeles. Solo herramientas: buriles de mango de seta, limas de aguja, un tornillo de banco pequeño y una lámpara flexo de metal verde.

—Siéntense donde puedan —dijo, apartando una pila de revistas Blanco y Negro de una butaca.

Isabel no se anduvo con rodeos.

—Gracias por recibirnos, maestro. —Dejó el estuche sobre la mesa de trabajo—. Creo que esto le pertenece. O al menos, su mano pasó por aquí.

Leandro se ajustó unas gafas de montura gruesa que colgaban de una cadena al cuello. Tomó el camafeo sin ceremonia, con movimientos secos y precisos. Sus manos temblaban ligeramente en reposo, pero al tocar la pieza, el temblor desapareció. Memoria muscular.

Lo miró en silencio. Giró la pieza. Pasó la uña por el borde del engaste.

—Vaya —murmuró. Su voz perdió el tono social y se volvió técnica—. Marfil de elefante. Del bueno, del que tiene la trama cruzada visible. Ya no se ve material así.

Vio el rostro borrado. Hizo una mueca de disgusto, como quien ve una herida infectada.

—Qué carnicería.

—¿Reconoce el trabajo? —preguntó Rubén.

Leandro bufó.

—¿El de destruir? No. Ese es de un aficionado con un destornillador. ¿El de crear? —Le dio la vuelta a la pieza y leyó la inscripción—. Sí. La "B" tiene mi curva de ataque. Y el engaste... —señaló las garras que sujetaban el marfil— fíjese en el limado. Está hecho en bisel para que no enganche la ropa. Hoy día ya nadie pierde el tiempo en eso.

Levantó la vista. Sus ojos grises, acuosos, brillaron.

—Es mío. Abril de 1960. Lo recuerdo porque fue el año que me compré el torno nuevo.

Se levantó con esfuerzo y caminó hacia una estantería metálica repleta de carpetas de cartón atadas con gomas elásticas.

—Ustedes pensarán que soy un viejo desordenado —dijo, pasando el dedo por los lomos de las carpetas—. Pero la cabeza la tengo en su sitio. Y los papeles también.

Sacó una carpeta azulada, soltó la goma con un clac y empezó a pasar fichas. El sonido del papel seco llenó la habitación.

—En el 60 el oficio ya estaba cambiando —comentó mientras buscaba—. La gente empezaba a querer cosas industriales, brillantes, rápidas. Pero aún quedaban clientes... clientes con gusto. Y con secretos— se detuvo—. Aquí está. Sacó una ficha rectangular de cartulina amarillenta y la puso sobre la mesa. La caligrafía era impecable, tinta estilográfica negra.

Rubén e Isabel se inclinaron.

 

Nº de Orden: 402 Fecha: 23-Abril-1960 Cliente: Antonio Llorens. Dirección: C/ Huertas, 17. Principal. Encargo: Camafeo marfil. Perfil femenino s/n (según nota). Observaciones: Urgente. Pago al contado. Sin factura.

 

—Antonio Llorens —leyó Isabel—. ¿Lo recuerda?

—Vagamente —Leandro se sentó, resoplando—. No era un cliente habitual de joyería. Tenía las manos manchadas de tinta negra. Tinta de imprenta. Olía a plomo y disolvente.

—Un impresor —dedujo Rubén.

—Sí —Leandro tamborileó los dedos sobre la ficha—. Un hombre nervioso. Miraba hacia la puerta todo el tiempo. Me trajo un boceto a lápiz del perfil de la chica. Dijo: "Hágalo fiel. No la embellezca. Quiero que sea ella".

—¿Y el borrado? —preguntó Rubén, señalando el destrozo.

Leandro negó con la cabeza.

—Salió de aquí intacto. Una pieza preciosa. Le cobré tres mil pesetas de la época, una fortuna. Me pagó con billetes nuevos y me pidió que una vez hecho se lo llevara a su casa —Miró a Isabel a los ojos—. Dijo algo raro al irse.

—¿Qué dijo?

—"Si alguien pregunta, este camafeo lo compré en el Rastro hace años".

El silencio volvió a caer sobre el estudio. Un reloj de pared dio las once con campanadas graves. Rubén anotó la dirección en su libreta. Calle Huertas, 17.

—Gracias, Leandro —dijo Isabel, una vez fotografiada la ficha para documentar la investigación—. Ha sido de gran ayuda.

El anciano los acompañó a la puerta.

Cuando salieron a la calle del Espejo, el aire frío les golpeó la cara. Rubén se subió el cuello del abrigo.

—Calle Huertas, 17 —dijo—. Barrio de las Letras.

—Imprentas, escritores y fantasmas —añadió Isabel 

 

Capítulo 4. Las iniciales imposibles

 Ubicación: Calle Huertas, 17.

La discrepancia es la reina de las pruebas.

La gente miente, los documentos oficiales se falsifican, pero un grabado de 1960 no tiene motivos para engañar. Si el objeto dice "E.B." y la historia oficial dice "Matilde", el objeto gana. Siempre.

La mayoría vería aquí un error del joyero. Yo veo la grieta estructural del caso. Una inicial que no encaja no es una errata; es una confesión involuntaria.

Nota: Hemos pasado de investigar una joya a investigar una sustitución. Cuando la lógica se rompe, es porque la emoción ha tomado el mando. Y la emoción humana siempre es desordenada.

Rubén Carter, Cuaderno de investigación, página 11.

  

La calle Huertas un lunes por la mañana no tenía nada de romántica. Era una arteria de carga y descarga donde las furgonetas de reparto luchaban por aparcar sobre el empedrado. Olía a café quemado de los bares que abrían y a la humedad fría que subía desde el Paseo del Prado. Rubén e Isabel caminaban esquivando cajas de cerveza y turistas madrugadores. En el suelo, las citas literarias de bronce incrustadas en el pavimento brillaban, pisoteadas por la rutina de la ciudad. Rubén se detuvo sobre una de Quevedo, pero no la leyó. Estaba concentrado en el número 17.

El edificio tenía una fachada digna pero cansada, con balcones de forja que necesitaban una mano de pintura.

—Primero Izquierda —dijo Rubén, consultando su libreta—. Según el catastro, el piso sigue a nombre de la familia Llorens.

Isabel pulsó el timbre. El sonido rebotó en el rellano de la planta. Esperaron.

—Nadie —dijo ella tras el segundo intento.

—O nadie que quiera visitas.

Rubén iba a insistir cuando la puerta contigua se abrió. Un hombre mayor, con bata de casa sobre el pantalón de pana y una bolsa de basura en la mano, salió al rellano. Se detuvo al verlos.

—Si son los del gas, ya pasaron la semana pasada —gruñó.

Tenía el pelo blanco y ralo, y esa desconfianza natural del vecino de centro que ha visto demasiados timos.

—No vendemos nada —dijo Rubén, mostrando las palmas de las manos—. Buscamos a la familia de Antonio Llorens.

El hombre soltó la bolsa junto a la puerta y los miró de arriba abajo. Se detuvo en la gabardina de Rubén y en la postura tranquila de Isabel. Parecían inofensivos, o al menos, educados.

—Antonio murió hace veinte años —dijo el hombre—. El piso está cerrado.

Rubén aprovechó la brecha.

—¿Usted los conocía? El hombre soltó una risa seca.

—¿Que si los conocía? Me llamo Víctor Barea. Matilde es mi hermana. Antonio era mi cuñado.

Isabel dio un paso al frente. Su tono cambió, volviéndose suave pero profesional.

—Señor Barea, somos restauradores de arte. Hemos encontrado una pieza que perteneció a Antonio. Una joya de 1960. Creemos que tiene un valor sentimental importante para la familia.

Víctor frunció el ceño.

—¿Una joya? Antonio era impresor. No tenía joyas. Trabajaba como un mulo en la Gráfica Moderna.

—Esta sí la tenía —dijo Rubén—. Es un camafeo.

—¿Un camafeo? —Víctor negó con la cabeza—. Matilde nunca usó camafeos. Decía que eran de viejas.

Rubén miró a Isabel. Era el momento. Sacó el estuche y lo abrió. Víctor se acercó, entornando los ojos. La luz del portal era escasa, así que Rubén inclinó el estuche hacia la calle. Al ver el marfil destrozado, el anciano hizo una mueca.

—Está roto.

—El rostro sí —admitió Rubén—. Pero el reverso cuenta una historia —Rubén giró la pieza—. Tiene grabadas las iniciales de Antonio: A.L. Y junto a ellas... —señaló con el dedo— E.B.

Víctor se quedó inmóvil. El ruido de la calle pareció alejarse.

—¿Qué ha dicho?

—E.B. —repitió Rubén—. Su hermana se llamaba Matilde, ¿verdad?

El anciano levantó la vista. Tenía la cara desencajada, pálida.

—E.B. —murmuró con un hilo de voz—. Elena Barea.

Rubén sintió el clic mental de la pieza encajando.

—¿Su otra hermana?

Víctor asintió lentamente, como si el movimiento le doliera.

—Mi hermana pequeña. Murió en abril de 1960.

Isabel contuvo la respiración. La fecha del encargo: 23 de abril de 1960.

—¿Cómo murió? —preguntó con delicadeza.

—Un accidente —dijo Víctor, pero sus ojos decían otra cosa. Miraban al vacío, a un punto lejano en el pasillo—. Se cayó en la cocina. Un golpe en la cabeza.

El anciano se apoyó en el marco de la puerta, súbitamente agotado.

—Antonio se casó con Matilde dos años después —continuó, hablando más para sí mismo—. Fue... lo lógico. Los dos sufrían. Se juntaron para tapar el hueco. Pero... —Miró el camafeo con horror—. Él encargó eso con las iniciales de Elena. En 1960. Justo cuando ella... Se detuvo.

La implicación de lo que estaba viendo era demasiado pesada para procesarla de pie en un rellano frío.

—Tenemos que ir a casa de Matilde tiene que ver esto.

—¿Cree que ella sabe algo? —preguntó Isabel.

Víctor se metió en su casa para buscar las llaves y el abrigo. Su voz salió del interior, amortiguada pero firme.

—Quisiera pensar que no. Pero algo me dice que sabe más que nosotros.

Cuando volvió a salir, llevaba un abrigo de paño gris y una gorra. Cerró la puerta con doble vuelta.

—Vamos —dijo Víctor Barea—. Vamos a ver si los fantasmas quieren hablar hoy. 

 

Capítulo 5. Lo que quedó en el silencio

 Ref. Caso Barea. Cierre de expediente.

En Derecho existe la "prescripción". La ley asume que, pasado cierto tiempo, perseguir un delito es inútil. El olvido legal es necesario para que la sociedad avance.

Pero la conciencia no tiene Código Penal ni plazos. Matilde Barea se ha impuesto una cadena perpetua en un piso de cuarenta metros cuadrados.

Hoy he comprobado que la confesión no libera; solo confirma la sentencia. No hemos desenterrado un secreto, hemos levantado acta de una ruina.

Nota: A veces, nuestro trabajo no consiste en hacer justicia, sino simplemente en ser los únicos testigos del naufragio.

Rubén Carter, Cuaderno de investigación, página 15.

  

El trayecto fue de veinte metros, pero pesó como veinte años. Víctor caminaba encorvado, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, como si llevara piedras.

—Esperen aquí —dijo al llegar al portal del 15—. Si entro con dos desconocidos, se asustará. Matilde… Matilde vive muy encerrada.

Rubén asintió. Se quedaron en la acera, viendo cómo el anciano desaparecía en la oscuridad del zaguán.

Isabel se subió el cuello del abrigo.

—Esto no va a acabar bien —murmuró.

—Nunca acaba bien cuando se escarba tanto —respondió Rubén.

Esperaron diez minutos. El frío de la calle Huertas se les metía en los huesos, no por la temperatura, sino por la anticipación. Finalmente, el telefonillo zumbó.

—Suban —dijo la voz de Víctor, metálica y rota—. Suban ya.

El piso olía a lejía y a vejez. Un olor químico, fuerte, que intentaba tapar el aroma rancio de una casa que apenas se ventila. Víctor les abrió la puerta. Tenía los ojos rojos, pero secos.

—Está en el salón. Se lo he contado.

Entraron. El salón era un mausoleo de fotos en blanco y negro. Estanterías repletas de figuras de porcelana barata, tapetes de ganchillo y silencio. En el centro, sentada en una butaca de orejas que le quedaba grande, estaba Matilde Barea. Era una mujer menuda, de huesos frágiles, con el pelo blanco recogido en un moño tirante. Apretaba un pañuelo de tela en el puño derecho con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. El estuche con el camafeo estaba abierto sobre la mesa camilla, frente a ella.

—Buenos días, señora Barea —dijo Isabel, quedándose de pie.

Matilde no respondió al saludo. Sus ojos estaban clavados en el marfil roto.

—Víctor dice que ustedes saben —su voz era un graznido, una herramienta que se usa poco—. Dice que saben lo de las iniciales.

—Sabemos lo que pone en el reverso —dijo Rubén con suavidad—. E.B. y A.L.

Matilde levantó la vista. Tenía la mirada de un animal acorralado que, por fin, deja de correr.

—Elena Barea y Antonio Llorens —dijo—. Los novios que nunca fueron. Hizo una pausa para tomar aire. Le silbaba el pecho—. Antonio se casó conmigo dos años después. Pero el camafeo... el camafeo era para ella.

Isabel se sentó despacio en una silla de anea, poniéndose a su altura.

—¿Cómo llegó a sus manos, Matilde?

La anciana soltó una risa breve, histérica.

—Llegó por mensajero. Un chico de la joyería. Antonio no estaba. Yo cogí el paquete —miró a la ventana, donde la luz de invierno entraba pálida. —Yo creía que era para mí. Me había montado una película en la cabeza. Que Antonio me miraba, que me quería... Tonterías de solterona fea. Cuando lo abrí y vi el perfil de Elena... —Se tocó la garganta—. Sentí vinagre en la boca.

—¿Y qué pasó? —preguntó Rubén.

—Elena llegó de la calle. Venía riéndose. Siempre se reía. Traía un vestido nuevo. Yo... yo no pude aguantarme. Le enseñé la joya. Le grité. Le dije que era una fresca, que se reía de mí a mis espaldas —Matilde empezó a mecerse ligeramente en la butaca. Adelante y atrás. —Ella se asustó. Nunca me había visto así. Dio un paso atrás para alejarse de mis gritos. Tropezó con la alfombra.

Se hizo el silencio. El reloj de pared marcaba los segundos como martillazos. Tac. Tac. Tac.

—Fue un golpe seco —susurró Matilde—. La nuca contra el pico de la mesa del comedor. Esa misma mesa.

Señaló con un dedo tembloroso la mesa de madera maciza que había al fondo de la sala. Rubén miró la esquina. Era roma, gastada por los años, pero seguía siendo madera dura.

—Sangre —dijo Matilde—. Mucha sangre. Murió esa noche.

Víctor, de pie junto a la puerta, se cubrió la cara con las manos.

—¿Y el camafeo? —preguntó Isabel. Necesitaba terminar el relato para poder salir de allí.

—Lo destrocé yo —confesó Matilde con una violencia repentina—. Esa misma tarde, mientras la velaban. Cogí una lima del costurero y le borré la cara. No podía soportar que siguiera siendo tan guapa en el marfil mientras estaba... fría en la cama.

—Y luego se casó con Antonio.

—Sí —Matilde bajó la cabeza—. Él estaba triste. Yo estaba triste. Nos juntamos para no estar solos. Pero nunca fuimos felices. ¿Cómo íbamos a serlo? Él pensaba en ella. Y yo... yo pensaba en mi culpa —Miró a Rubén con ojos acuosos. —Dios me castigó, joven. No me dio hijos. Me secó las entrañas. Yo quería ser madre, pero Él sabía que yo le había quitado la hija a mis padres. Es justo. Es una penitencia justa.

Rubén cerró su libreta. No había nada más que escribir. La justicia divina y la humana rara vez coinciden, pero en esa habitación, la sentencia se había dictado hacía cincuenta y ocho años.

—Gracias por contárnoslo —dijo Isabel, poniéndose de pie.

El aire de la casa se le hacía irrespirable. Matilde extendió la mano hacia el camafeo y lo cerró de un golpe.

—Llévenselo —dijo—. No quiero verlo. Ya he pagado por él. Llévenselo lejos.

Salieron a la calle como quien emerge de un sótano inundado. El ruido del tráfico, el sol, la gente viva... todo parecía demasiado brillante. Rubén caminó rápido hasta la esquina, necesitando distancia.

—Joder —dijo.

Isabel se quedó mirando el balcón del primero. Las cortinas no se movían.

—Cincuenta y ocho años en esa cárcel —murmuró—. Y la llave la tenía ella.

—¿Qué hacemos con la pieza? —preguntó Rubén.

—Nada. Archivarla —Isabel empezó a caminar—. La historia está completa. Y el cliente original... bueno, el cliente original lleva muerto mucho tiempo.

—¿Y el CEO?

—Le diremos que es una pieza maldita —dijo Isabel con una sonrisa triste—. A los ricos les encantan las maldiciones. Les hace sentir que su dinero compra cosas con alma.

Caminaron de vuelta hacia Antiquarius. Rubén pensó en la nota que escribiría en el informe esa noche. "Caso cerrado". Pero sabía que, en el número 17 de la calle Huertas, el caso no se cerraría hasta que Matilde Barea diera su último suspiro. 

 

Capítulo 6. El peso de la verdad

 Ref. Estado final: No intervención.

En mi oficio, la decisión más difícil no es qué disolvente usar, sino cuándo detenerse.

Hemos decidido no restaurar el rostro del camafeo. Rellenar el marfil sería una falsificación histórica; el daño causado por la lima de Matilde es ahora tan auténtico como el tallado original de Leandro.

La verdad no es bonita. Es abrasiva. Ha desgastado a una mujer durante cincuenta y occho años hasta dejarla en los huesos. Al sacarla a la luz, no hemos arreglado la pieza, pero hemos detenido la corrosión del entorno.

Nota personal: Alba Lafuente nos ha llamado "limpiadores". Quizá tenga razón. A veces, restaurar no significa devolver el brillo, sino simplemente sacar la basura para que lo que queda pueda respirar.

Isabel Samay, Cuaderno de bitácora, página 31.

  

Madrid, 17 de diciembre de 2018. Parque del Retiro.

El sol de invierno se estaba rindiendo. No había calidez en la luz, solo una claridad blanca y dura que recortaba las sombras de los árboles desnudos contra la grava. Rubén e Isabel esperaban frente al Palacio de Cristal. La estructura de hierro y vidrio no parecía hoy un lugar de ensueño, sino un enorme invernadero vacío, frío y expuesto, donde nada podía ocultarse.

Rubén se subió el cuello de la gabardina. Llevaba el estuche del camafeo en un bolsillo y el informe en el otro. Pesaban de forma distinta.

—El CEO llega tarde —dijo, mirando su reloj.

—La gente con tanto dinero no llega tarde —corrigió Isabel—. Llega cuando quiere.

En ese momento, un coche negro de lunas tintadas, con autorización especial para circular por el interior del parque, se detuvo a cincuenta metros, en el paseo de coches. El motor se apagó, pero nadie salió de inmediato.

—Teatro —murmuró Rubén.

Finalmente, la puerta trasera se abrió. Pero no bajó el hombre del traje gris grafito. Bajó una mujer. Caminó hacia ellos con paso firme sobre la tierra batida. Llevaba un abrigo de lana color camel, guantes de piel y esa clase de serenidad que no se compra, se hereda. A medida que se acercaba, Isabel notó los detalles: no llevaba joyas ostentosas, solo unos pendientes de perlas discretos, pero perfectos. Isabel se tensó.

—No es la secretaria —susurró—. Es Alba Lafuente de Vergara.

Rubén frunció el ceño. El nombre le sonaba de las páginas de salmón y cultura. Fundación Horizonte. Mecenazgo. Una de las fortunas invisibles de España.

La mujer se detuvo a dos pasos de ellos. No sonreía, pero tampoco parecía hostil. Simplemente, los estaba escaneando.

—Mi marido no vendrá —dijo. Su voz era grave, modulada—. A veces es mi recadero para asuntos menores.

Rubén sostuvo la mirada.

—¿Asuntos menores? Acabamos de salir de una casa donde una mujer lleva cincuenta y ocho años purgando una muerte.

Alba Lafuente arqueó una ceja. No pareció ofendida por el tono, sino interesada.

—Por eso están ustedes aquí, y no él. Mi marido habría traído la joya limpia y una historia bonita inventada para complacerme. Yo quería saber si ustedes eran capaces de traer la verdad. Aunque estuviera sucia —tendió la mano enguantada—. El informe, por favor.

Rubén sacó el sobre y se lo entregó. Alba no lo abrió con delicadeza poética. Rompió el sello y extrajo los folios. Leyó de pie, en medio del frío, pasando las páginas con rapidez. Buscaba datos, no literatura. Sus ojos se detuvieron en el párrafo final: la confesión de Matilde, la mesa, la caída. Cerró la carpeta.

—Un accidente provocado por los celos y el silencio —resumió—. Banal y terrible. Como casi todas las tragedias reales.

—Matilde no quiso el camafeo —dijo Isabel—. Nos pidió que nos lo lleváramos. Para ella es un objeto maldito.

—Los objetos no son malditos, Isabel. Las personas lo son —Alba extendió la mano de nuevo—. La pieza.

Rubén le entregó el estuche. Ella lo abrió. Miró el rostro borrado del marfil con una fascinación clínica.

—¿Quiere que lo restauremos? —preguntó Isabel—. Podría intentar reconstruir el perfil basándome en la época y...

—No —cortó Alba de tajante—. Ni se le ocurra —cerró el estuche con un golpe seco, que resonó en el aire frío del parque. —Este camafeo ya no es el retrato de una chica guapa de 1960. Ahora es el testimonio de una culpa. Si le devolvemos la cara, borramos la historia. Y yo colecciono historia, no decoración.

Guardó el estuche en su bolso, junto a su móvil y su cartera, como si fuera un trámite concluido. Luego, miró a Rubén y a Isabel con una expresión nueva. Ya no era la clienta. Era la jefa.

—Les he estado siguiendo la pista —admitió—. Antiquarius tiene fama de discreta. Pero necesitaba comprobar su... estómago.

—¿Nuestro estómago? —preguntó Rubén.

—Cualquiera puede restaurar un mueble o datar una pintura —dijo Alba, dando un paso hacia ellos—. Pero hay piezas en mi colección, y en las colecciones de mis socios, que tienen... aristas. Problemas de origen. Pasados incómodos.

El sol terminó de esconderse tras los árboles. El Palacio de Cristal se volvió gris.

—Necesito gente que no se asuste cuando levanta una alfombra y encuentra polvo. O sangre.

Sacó una tarjeta de visita del bolsillo. No tenía logo de empresa, solo un nombre y un número de teléfono privado. Se la tendió a Isabel.

—Esto no ha sido un encargo. Ha sido una entrevista de trabajo. Y la han superado.

Rubén miró la tarjeta en la mano de Isabel. Papel de alto gramaje, tipografía clásica.

—¿Qué clase de trabajo? —preguntó él.

Alba Lafuente esbozó, por primera vez, una media sonrisa. No era cálida, era cómplice.

—El de limpiar lo que nadie más quiere tocar —se ajustó los guantes—. Les llamaré pronto. Hay un cuadro en Marsella que me está dando dolores de cabeza. Y creo que ustedes son la aspirina adecuada.

Se dio la vuelta y caminó hacia el coche negro. El chófer le abrió la puerta y, en segundos, el vehículo desapareció por el paseo de Fernán Núñez, dejando tras de sí una estela de humo blanco. Rubén e Isabel se quedaron solos frente al Palacio de Cristal.

—Marsella —repitió Rubén. 

Isabel guardó la tarjeta en su bolsillo, como si fuera un objeto peligroso.

—Nos acaba de reclutar, Rubén.

—Sí —Rubén miró hacia donde había desaparecido el coche—. La pregunta es: ¿para un ejército o para una banda?

Isabel se encogió de hombros y echó a andar hacia la salida del parque.

—Supongo que depende de lo que encontremos bajo la siguiente alfombra.

El viento sopló fuerte, agitando las ramas secas. Madrid se encendía a lo lejos, ajena a las historias minúsculas que sostenían sus cimientos. La investigación del rostro borrado había terminado, pero la verdadera historia de Antiquarius acababa de empezar.



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