Capítulo 1. Donde empieza el silencio
— Isabel Samay, Cuaderno
de bitácora, página 12.
La mañana había amanecido con una textura metálica, propia
de los inviernos en las tierras altas. El termómetro del coche marcaba dos
grados bajo cero, pero el número era irrelevante; aquel frío no se medía en
grados, sino en siglos. Era un aire seco, antiguo, que parecía ascender desde
las raíces mismas del bosque para reclamar su territorio.
Isabel Samay detuvo el motor al inicio del camino de tierra.
Más adelante, la pista se estrechaba entre pinos altos y
robles desnudos cuyas ramas permanecían inmóviles, como venas negras recortadas
contra un cielo de un gris. Bajó la ventanilla un instante. El aire le golpeó
el rostro con olor a resina congelada y leña vieja.
Condujo despacio, sintiendo cómo los neumáticos trituraban
la grava helada. El sonido del motor resultaba obsceno en aquel paisaje
suspendido. Tras un recodo, la finca apareció por fin, emergiendo sobre una
meseta suave como un animal de piedra que hiberna.
La casa principal dominaba el claro. Mampostería grisácea,
sillería reforzando las esquinas y un tejado a dos aguas cubierto de teja árabe
donde el musgo se había vuelto quebradizo por la helada. Las contraventanas de
la planta baja, gruesas como escudos, permanecían cerradas; la casa tenía los
párpados bajados.
Delante de la entrada, un hombre aguardaba.
Isabel salió del coche y el frío la envolvió de inmediato.
Se ajustó la bufanda mientras observaba al hombre que se frotaba las manos
enguantadas.
Ignacio Figueroa Ríos. Abrigo largo de corte impecable,
zapatos de suela fina inútiles para el campo y esa impaciencia vibrante de
quien mide el tiempo en notificaciones de móvil.
—Señora Samay —dijo, adelantándose con una sonrisa breve, de
trámite—. Gracias por la puntualidad. Empezaba a pensar que el GPS la había
mandado a otro siglo.
Isabel le estrechó la mano. La piel del guante de él estaba
fría; su apretón fue firme pero fugaz.
—La carretera impone su propio ritmo aquí arriba —respondió
ella, mirando la fachada—. La casa impone, señor Figueroa. Tiene una estructura
magnífica.
Ignacio miró el edificio como quien mira un coche averiado
que ya no compensa arreglar.
—Tiene goteras, corrientes de aire y una caldera que pide la
jubilación —replicó, sacando un manojo de llaves—. Pero entremos. Se nos va a
congelar hasta el aliento.
Abrió el portalón de madera pesada. Los goznes, faltos de
grasa, soltaron un quejido agudo que resonó en el valle antes de ser tragado
por el interior.
El vestíbulo los recibió con una temperatura apenas superior
a la exterior, pero con una densidad distinta. El aire allí dentro estaba
estancado, sólido. Olía a cera de abejas, a humedad retenida en los tapices y a
ese aroma inconfundible de las casas que llevan demasiado tiempo hablándose a
sí mismas.
—Mis padres fallecieron el año pasado —comentó Ignacio,
guiándola hacia el pasillo central sin quitarse el abrigo—. Desde entonces,
esto solo acumula polvo y gastos. Yo vivo en Barcelona y mis hermanos... bueno,
nadie tiene tiempo para hacer de guardés de una fortaleza en Soria.
Caminaban sobre un suelo de tarima que crujía bajo sus
pasos. Isabel no miraba la decoración, leía las superficies. Pasó la mirada por
un aparador isabelino: barniz oxidado, carcoma inactiva en la pata izquierda.
Miró un retrato al óleo: craquelado prematuro por cambios de temperatura.
La casa sufría, y ella podía diagnosticar cada síntoma.
—Queremos liquidarlo todo antes de enero —prosiguió él,
consultando fugazmente su reloj de muñeca—. Muebles, enseres... y por supuesto,
la biblioteca. Mi padre decía que era lo único valioso, aunque yo solo veo
papel viejo. Está al fondo.
Ignacio se detuvo ante una puerta de roble macizo. El marco
mostraba pequeñas hendiduras a la altura de la manilla, marcas de ansiedad de
alguien que quizás dudaba antes de entrar. O antes de salir. Empujó la hoja con
un gesto rápido, rompiendo el sello de aire.
—Aquí la tiene.
El interior la recibió con una penumbra espesa, cargada de
partículas de polvo que flotaban en los haces de luz invernal como galaxias
diminutas. El olor aquí era distinto: más ácido, más dulce. Olía a lignina
descomponiéndose, a cuero reseco y a tinta ferrogálica. Para Isabel, no era
olor a cerrado; era el perfume de la historia fermentando.
Las paredes, forradas de estanterías hasta las vigas del
techo, sostenían el peso de tres generaciones. Había atlas que sobresalían como
costillas rotas, encuadernaciones en piel que habían perdido el brillo, pero no
la dignidad, y montones de legajos apilados en el suelo, derrotados por la
gravedad.
—Mi padre pasaba horas aquí —comentó Ignacio, quedándose en la
puerta, como si temiera mancharse el abrigo de aquel silencio—. Nunca
entendimos qué hacía. Leía, supongo. O se escondía del mundo. Ya sabe cómo es
la gente mayor con sus rutinas.
Isabel avanzó. El suelo crujió, un sonido que en aquella
sala sonó a bienvenida. No respondió a Ignacio. Su atención ya no estaba en la
venta, sino en la patología del lugar. Pasó el índice por el lomo de un volumen
encuadernado en piel roja: podredumbre roja, pensó al notar el polvillo
desprenderse en su yema. La biblioteca estaba enferma de soledad.
En el rincón más alejado, bajo una ventana por la que se
colaba una luz azulada y gélida, estaba el escritorio. Una mesa de nogal
macizo, convertida en un altar abandonado. Sobre la superficie, el tiempo se
había coagulado. Un reloj de sobremesa marcaba las seis y diez, con el cristal
rajado justo sobre el número ocho. Un tintero seco, una pluma con el plumín
abierto de tanto presionar y una piedra de obsidiana negra, lisa y fría como un
ojo sin párpado.
Y un cuaderno.
Isabel se detuvo. No era un libro valioso, de esos que
Ignacio esperaba vender. Era un cuaderno de campo, de tapas marrones, modestas.
Estaba abierto por una página central. La caligrafía era firme, académica: Juniperus
thurifera, leía, junto a un dibujo técnico de una raíz. Pero debajo, con
una letra distinta, más apretada y temblorosa, alguien había añadido una frase
que no pertenecía a la botánica:
«No se puede vivir sin verdad.»
Isabel sintió un calambre leve en la nuca. Levantó la vista
hacia los estantes que rodeaban el escritorio. Había huecos. Faltas. En la
segunda balda, justo a la altura de los ojos de quien se sentara en esa silla,
la ausencia era flagrante. El polvo dibujaba el contorno limpio de un libro que
había estado allí hasta hacía muy poco. El "fantasma" de un libro.
Y justo al lado, asomando entre las páginas de un manual de
jardinería, una nota en papel verjurado, antiguo, con una sola palabra escrita
en tinta sepia casi desvanecida:
«Guardar.»
—¿Ve algo que merezca la pena? —la voz de Ignacio rompió el
hechizo. Miraba su móvil, ajeno a que el reloj de la mesa llevaba años gritando
una hora muerta.
Isabel cerró el cuaderno marrón con suavidad, alineándolo
con el borde de la mesa.
—El valor es complejo, señor Figueroa —dijo ella, girándose.
Su voz sonó profesional, neutra, aunque sus dedos aún hormigueaban por lo que
acababa de tocar—. Hay piezas recuperables. Primeras ediciones, algunos
atlas... Me llevaré el lote completo para tasarlo en el taller. Es imposible
darle una cifra honesta sin examinar el estado del papel bajo el microscopio.
Ignacio suspiró, visiblemente aliviado. Guardó el móvil.
—Perfecto. Lléveselo todo. Los muebles, los libros, los
papeles. Si por mí fuera, llamaría a un vaciado de pisos, pero mi mujer insiste
en que no se tira el dinero.
—Nunca se debe tirar la memoria —murmuró Isabel, más para sí
misma que para él.
—¿Decía?
—Que prepararé el inventario. Mis operarios vendrán el
martes. Me llevaré el contenido íntegro de la biblioteca. Respecto al resto de
la casa, solo me interesan el aparador isabelino que vimos en el pasillo, el
reloj de pared y las cajas de documentos del salón. El resto del mobiliario no
encaja con la línea de Antiquarius.
Ignacio asintió, indiferente a la selección, calculando
mentalmente el espacio que ganaría sin esos "trastos viejos".
—Perfecto. Lo que usted diga. Con tal de que dejen la casa
despejada, me doy por satisfecho.
Isabel volvió a mirar el hueco en el estante. La palabra Guardar
y la frase No se puede vivir sin verdad se conectaron en su mente como
dos cables pelados soltando una chispa.
Ignacio salió al pasillo, dejando la puerta abierta.
—Vamos, hace frío aquí dentro.
Isabel se demoró un segundo más. La biblioteca no estaba
vacía. Estaba esperando. Y ella, sin haber firmado ningún papel todavía,
acababa de aceptar el encargo.
Salió tras él, sabiendo que el verdadero peso de esa casa no
estaba en los muebles que iba a comprar, sino en lo que aquel silencio trataba
desesperadamente de decir.
Capítulo 2. El viaje de las cosas mudas
— Isabel Samay, Notas de laboratorio.
El camión llegó a media mañana, cuando el cielo de Madrid
era una lámina de zinc oxidado, incapaz de decidir entre la lluvia o la niebla.
Se detuvo frente a la fachada lateral de Antiquarius sin llamar la
atención: un vehículo discreto, blanco sucio, una mancha más en el asfalto.
El conductor apagó el motor y el silencio se impuso un
instante sobre el tráfico de la calle. Isabel observaba desde la acera opuesta,
con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y el vaho de su respiración
disolviéndose en el aire afilado de diciembre. No se acercó de inmediato.
Respetaba siempre ese limbo, ese segundo exacto en el que los objetos han
terminado su viaje, pero aún no pertenecen al nuevo destino.
El montacargas se abrió con un quejido metálico grave.
Uno a uno, los bultos comenzaron a emerger. El aparador
isabelino envuelto en mantas térmicas, las cajas de documentación selladas con
cinta de pH neutro, y los paquetes de libros apilados con geometría precisa.
Todo parecía ordinario. Mercancía. Y, sin embargo, Isabel notó esa vibración
leve en el diafragma que solo sentía cuando la materia traía consigo una carga
emocional no declarada en el albarán.
El equipo de transporte trabajaba con eficacia muda. Isabel
había aprendido que la forma en que un mozo agarra una caja —la tensión en los
nudillos, el respeto por el centro de gravedad— predice el estado en que
llegará la pieza. Estos eran buenos. Cuando el montacargas inició su ascenso,
el rumor mecánico se mezcló con el latido constante de Antiquarius.
Al llegar a la segunda planta, la atmósfera cambió. El
taller de restauración no era una oficina; era un quirófano del tiempo. La luz
entraba por los ventanales orientados al norte, filtrada, fría y honesta, sin
reflejos que mintieran sobre el color real de las cosas. Las paredes blancas
estaban salpicadas de estanterías donde los frascos de pigmentos —lapislázuli,
sangre de drago, tierra de Siena— descansaban en un orden farmacéutico. Olía a
trementina, a cera de abejas virgen y a clavo. Un aroma que calmaba el pulso.
Isabel dirigió el tráfico con gestos breves.
—El mueble, a la zona de cuarentena. Las cajas de
documentos, a la mesa tres. Los libros... aquí, en la mesa central.
La mesa auxiliar de recepción, siempre vacía, esperaba con
su lámpara de luz día encendida. No iluminaba para embellecer, sino para
interrogar. Allí fueron depositando los bultos más pequeños. Algunos traían
polvo de Soria, un polvo gris y fino que contrastaba con la asepsia del taller.
Isabel sacó su cuaderno de tapas negras. El inventario
comenzó. Estado de conservación: regular. Ataques biológicos: negativo
en inspección visual. Humedad: rastros antiguos, inactivos.
Escribía rápido, con letra pequeña y funcional. El oficio
exigía frialdad antes que emoción. Sin embargo, cuando los operarios se
marcharon y la puerta del montacargas se cerró, el taller quedó en un silencio
denso. El aire alrededor de las cajas de libros parecía cargado de estática.
Isabel se quitó el abrigo. Se recogió el pelo con un lápiz,
un gesto autómata, y se acercó al equipo de música. Pulsó play sin
mirar. Los primeros acordes de Zenda, de Gustavo Santaolalla, inundaron
la sala. Un ronroco grave, lento, que parecía caminar al mismo ritmo que sus
pensamientos.
Se puso las gafas de aumento y fue hacia los libros. Abrió
la primera caja. El olor a papel viejo golpeó su olfato: una mezcla de vainilla
(lignina degradada) y tierra. Empezó a sacar volúmenes. Ediciones comerciales
de los años 50, novelas francesas encuadernadas en tela, manuales de
agricultura.
Y entonces, sus dedos tocaron algo distinto.
No era el tacto del papel industrial ni la piel curtida de
los libros de lujo. Era una textura rugosa, orgánica. Sacó el volumen. Era el
cuaderno. El mismo que había visto en el hueco de la estantería en Soria. Pero
ahora, bajo la luz implacable del taller, se revelaba diferente. No era un
simple cuaderno de notas. Era un objeto híbrido. Las tapas eran de cartón duro,
forradas con una tela basta, casi de saco, teñida de un marrón sucio. No tenía
título en el lomo. Isabel lo pesó en la mano. Demasiado denso, pensó. Lo
abrió con cuidado extremo, sin forzar la apertura más de cuarenta y cinco
grados. Las guardas eran de papel jaspeado a mano, torpes pero bellas. Y el
bloque del libro... Isabel contuvo la respiración.
No eran cuadernillos impresos. Eran hojas de distintos
gramajes, cosidas entre sí con un hilo de cáñamo grueso, visible en la unión.
Un trabajo artesanal, desesperado, hecho con lo que hubiera a mano.
Un zumbido anunció la llegada del montacargas.
Isabel no levantó la vista del libro. Escuchó los pasos
familiares, el sonido de un abrigo al colgarse y el suspiro de quien deja el
frío de la calle al otro lado de la puerta.
—Buenas tardes —dijo Rubén Carter.
—Mira esto —respondió ella sin preámbulos.
Rubén se acercó. Traía las mejillas rojas por el viento y
olor a café. Se inclinó sobre la mesa, invadiendo el círculo de luz de la
lámpara.
—¿Estaba en la lista? —preguntó, observando el objeto sin
tocarlo aún.
—No. Y sí. Lo vi en la biblioteca, pero no así. Parecía...
menos esto.
Rubén sacó su propia lupa de bolsillo y examinó el corte de
las hojas.
—Papel verjurado, papel de estraza, incluso parece papel de
cartas reutilizado... —murmuró—. Esto no es una edición, Isabel. Es un monje
copista enloquecido. O un preso.
Isabel pasó una página con la punta de las pinzas. El
contenido era desconcertante: dibujos botánicos de una precisión casi maníaca.
Raíces, tallos, cortes transversales de semillas. Y textos explicativos con una
caligrafía minúscula.
—Parece un manual de supervivencia —dijo Rubén—. Plantas
comestibles. Cómo potabilizar agua.
—Sí —dijo Isabel—. Pero mira el cosido. Mira las cabezadas.
Están hechas con trozos de tela de camisa. Quien hizo esto no solo quería
escribir un libro; quería que el libro sobreviviera a un bombardeo.
Cerraron el volumen. El objeto, allí sobre la mesa blanca,
parecía un meteorito caído en un laboratorio estéril. Oscuro, denso, magnético.
—Llama a Ignacio —dijo Rubén.
—No creo que lo sepa.
—Llámalo de todas formas. Necesitamos descartar.
Isabel marcó el número en el fijo, activando el altavoz. El
tono de llamada sonó metálico, interrumpiendo la música de Santaolalla.
—¿Diga? —la voz de Ignacio sonaba lejana, con ruido de fondo
de aeropuerto o estación.
—Ignacio, soy Isabel Samay. Disculpe la hora.
—Ah, Isabel. ¿Algún problema con el transporte?
—Todo ha llegado bien. Pero ha aparecido un volumen que no
estaba en el inventario inicial. Un libro... manufacturado. Artesanal. Tapas de
tela marrón, papel heterogéneo. Parece un tratado de botánica hecho a mano.
Hubo un silencio al otro lado. El ruido de fondo cesó, como
si Ignacio se hubiera apartado a un rincón.
—¿Botánica? Mi padre tenía muchos libros de plantas, pero...
¿hecho a mano? No. No me suena de nada.
—Es un objeto muy singular —insistió Isabel—. El tipo de
cosa que uno recuerda si la ha visto de niño.
—Le aseguro que no lo he visto en mi vida —la voz de Ignacio
se endureció ligeramente, a la defensiva—. Quizá estaba en algún cajón y los
operarios lo metieron por error. Si no tiene valor, tírelo.
—Tiene valor —cortó Isabel—. Valor documental. ¿Hay alguien
más que pudiera saber de esto? ¿Alguien que conociera los hábitos de su padre
en esa biblioteca?
Ignacio bufó.
—Solo el servicio. Y el guarda, Tomás. Tomás Villaverde. Ese
hombre lleva en la finca desde antes de que yo naciera. Era... la sombra de mi
padre.
—¿Podemos hablar con él?
—Supongo. Vive en la casa del guarda, junto a la entrada
principal. Mañana iba a subir a revisar la caldera. Puedo avisarle.
—Por favor. Dígale que irá un compañero mío. Rubén.
—Está bien. Les pasaré el contacto. ¿Es todo? Mi vuelo está
embarcando.
—Es todo. Buen viaje, Ignacio.
La línea se cortó. Rubén se cruzó de brazos, mirando el
libro como si esperara que se moviera.
—"Tírelo" —repitió Rubén con sarcasmo—. Qué
sensibilidad.
—Él no ve lo que nosotros vemos —dijo Isabel, acariciando el
lomo irregular del libro—. Él ve basura vieja.
Rubén cogió su abrigo de la silla.
—Mañana voy a Soria. Quiero ver a ese tal Tomás. Y quiero
ver el hueco de donde salió esto.
—Ve —asintió ella—. Yo me quedo aquí. El libro y yo tenemos
que... presentarnos formalmente.
—Ten cuidado —advirtió Rubén desde la puerta, medio en
broma, medio en serio—. Esas cosas a veces muerden.
—Lo sé.
Cuando Rubén se fue, Isabel apagó las luces generales del
taller. Solo quedó la lámpara de la mesa auxiliar, creando una isla de luz en
la oscuridad azulada. Se sentó frente al libro. Puso la mano plana sobre la
cubierta. Notó el frío del cartón, pero también algo más. Una temperatura
residual. Abrió la primera página. «No se puede vivir sin verdad.»
Isabel ajustó la luz.
—Muy bien —susurró—. Vamos a ver qué escondes.
Capítulo 3. El guardián de la finca
— Rubén Carter, Cuaderno
de investigación.
Rubén llegó a la finca a primera hora de la tarde, cuando el
sol, pálido y distante, ya empezaba a inclinar las sombras de los pinares. El
camino estaba seco; el hielo nocturno se había retirado a las zonas de umbría,
dejando un olor limpio a tierra removida y a pino.
Aparcó junto al murete de entrada. Al bajar, el aire le
golpeó la cara. No era un frío agresivo, de viento, era un frío estático,
geológico, de los que se te meten en los huesos si te quedas quieto demasiado
tiempo.
Fue entonces cuando lo vio.
El guarda trabajaba en un parterre lateral, podando unos
rosales con gestos económicos. Llevaba una chaqueta de pana gastada en los
codos y una gorra clásica a juego. No parecía tener prisa. Parecía parte del
paisaje, como un roble viejo o una piedra con musgo.
Rubén se acercó pisando la grava para no sorprenderlo.
—Buenos días —dijo a unos metros.
El hombre terminó el corte de una rama antes de girarse. Se
incorporó despacio, sin alarma. Se quitó un guante de trabajo y luego la gorra.
—Buenos días —respondió. Su voz sonaba a madera seca—. El
aire viene afilado hoy.
—Eso parece.
—Pero es frío sano. Del que mata la plaga.
Se miraron unos segundos. El hombre tenía la piel curtida
como el cuero de una silla de montar y unos ojos claros, acuosos, que habían
visto pasar demasiados inviernos.
—Rubén Carter —se presentó, tendiéndole la mano—. Vengo de
parte de Isabel Samay. De Madrid.
El guarda le estrechó la mano. Su palma era dura, callosa.
—Tomás Villaverde.
No añadió "el guarda". No hacía falta.
—Isabel estuvo aquí hace unos días —continuó Rubén—. Se
llevó la biblioteca.
Tomás asintió, mirando hacia la casa.
—La señorita silenciosa. Sí. La vi. Miraba la casa como si
le doliera.
—Es su trabajo. Entender las cosas viejas.
Tomás se limpió las manos en el pantalón.
—Si quiere hablar, mejor entramos. Aquí fuera las palabras
se congelan antes de salir de la boca.
Caminaron hacia la entrada de servicio. La cocina era
amplia, con suelo de baldosa hidráulica desgastada por el paso de generaciones.
Una chimenea baja mantenía un fuego constante, sin llama alta, solo brasas
rojas que respiraban. Olía a humo de encina y a café recién hecho.
Tomás sirvió dos tazas de loza gruesa sin preguntar.
—Tómelo. Está fuerte. Aquí el café flojo no sirve para nada.
Rubén aceptó la taza. El calor de la cerámica le devolvió la
sensibilidad a los dedos.
—Gracias.
Se sentaron a una mesa de madera lavada por mil fregados.
—Don Julián se sentaba ahí —dijo Tomás, señalando la silla
vacía frente a Rubén—. Pasaba más tiempo en esta cocina que en el salón noble.
Decía que aquí el fuego calentaba de verdad.
—¿Cómo era él? —preguntó Rubén, yendo al grano, pero con
suavidad.
Tomás sopló su café antes de responder, buscando las
palabras exactas.
—Para entender a don Julián hay que entender de dónde venía
—dijo con voz grave—. Su padre, don Eulogio, era un hombre de hierro. Hizo
fortuna con el metal. Fábricas, suministros... y cuando la cosa se puso fea en
el 36, armamento.
Rubén dejó la taza sobre la mesa, atento al dato.
—¿Vendía armas?
—Vendía a quien pagara —aclaró Tomás, mirando las brasas
como si viera arder aquel dinero—. Decía que las balas no tienen bando. Don
Eulogio llenó la casa de dinero mientras el país se desangraba. Y Julián creció
viendo eso.
Hizo una pausa y miró a Rubén a los ojos.
—Por eso, al principio... antes de irse al frente, Julián
era un señorito. Orgulloso. Venía a cazar, a dar órdenes, a gastar el dinero de
su padre con arrogancia. Pero cuando volvió de la guerra... volvió vaciado.
—¿Vaciado?
—Sí. Como si le hubieran quitado el relleno y solo quedara
la cáscara. Caminaba despacio. Miraba al suelo. Dejó la escopeta y no volvió a
tocar un arma, ni para matar una alimaña. Se volvió... hacia adentro.
Rubén sacó su libreta, pero decidió no escribir nada
todavía. Quería que Tomás siguiera hablando.
—Me han dicho que pasaba mucho tiempo en la biblioteca.
—Todo el tiempo. Y en el campo. Pero no cazando. Mirando. Se
pasaba horas con las plantas. Traía semillas raras, hacía injertos... Decía que
las plantas no mienten. Que si las cuidas, crecen. Que no tienen doblez.
—¿Escribía?
—Siempre llevaba un cuaderno. Apuntaba cosas. Mezclas,
nombres en latín... A veces se manchaba las manos de tintes y potingues.
Química, decía él. Yo le decía: "Don Julián, que huele usted a
botica". Y él se reía. Una risa triste, pero se reía.
Rubén decidió que era el momento. Sacó el móvil y buscó las
fotos que Isabel le había enviado desde el taller.
—Tomás, necesito que mire esto.
Le mostró la pantalla. La foto de la portada de tela basta,
el cosido a mano.
—Este libro apareció en el lote. No estaba en el inventario.
¿Le suena?
Tomás se ajustó unas gafas de presbicia que sacó del
bolsillo de la camisa. Se inclinó sobre el teléfono. Negó con la cabeza.
—No. Ese libro no ha estado en la casa. Yo limpiaba la
biblioteca. Conozco los lomos. Este... tan basto... no.
—Mire dentro.
Rubén deslizó el dedo para pasar a la foto de la caligrafía.
El texto sobre botánica. Tomás se quedó inmóvil. El aire en la cocina pareció
detenerse.
—Ah —soltó, un suspiro breve.
—¿Lo reconoce?
El viejo guarda levantó la vista. Sus ojos brillaban
ligeramente a la luz del fuego.
—Esa letra... Es la letra de don Julián. Pero la letra de
los días malos.
—¿Los días malos?
—Cuando le temblaba el pulso. Cuando no dormía. Escribía
así, apretado, como si quisiera ahorrar papel. O como si tuviera miedo de que
se le acabara la tinta antes de terminar.
Rubén pasó a la siguiente foto: un dibujo de una flor de
loto, diseccionada con precisión quirúrgica. Tomás sonrió con melancolía.
—El loto. Sí. Estaba obsesionado con esa flor. Decía que
nacía del fango y salía limpia. "Tomás", me decía, "ojalá las
personas fuéramos como el loto. Que la mierda no se nos pegara a la piel".
Rubén sintió un escalofrío. Guardó el móvil.
—Entonces, el libro es suyo. Lo hizo él.
—Seguro. Nadie más dibujaba así en esta casa.
—¿Sabe por qué lo escondería?
Tomás se encogió de hombros y miró por la ventana, hacia el
bosque de pinos.
—Don Julián guardaba muchas cosas, señor Carter. No solo
libros. Guardaba silencios. Ayudaba a gente del pueblo, pagaba médicos, tapaba
agujeros... y nadie sabía que era él. Decía que la caridad con nombre es
vanidad.
—¿Cree que el libro guarda algo más que plantas?
Tomás lo miró fijamente.
—Don Julián no daba puntada sin hilo. Si se tomó el trabajo
de coser ese libro con sus propias manos... es porque lo que hay dentro no
podía dejarse suelto.
Se levantó y echó un tronco a la chimenea. Las chispas
volaron hacia arriba, perdiéndose por el tiro negro.
—Tenga cuidado con lo que remueve —dijo Tomás de espaldas—.
A veces, el silencio es lo único que mantiene las paredes en pie.
—Lo intentaré —prometió Rubén, levantándose también—.
Gracias por el café, Tomás. Estaba bueno.
—Es lo único que calienta aquí.
Salieron de nuevo al jardín. El viento había amainado, pero
la luz de la tarde empezaba a caer, volviendo el paisaje azul y gris. Rubén
caminó hacia el coche. Antes de entrar, miró atrás. Tomás seguía en la puerta,
pequeño bajo el dintel de piedra, vigilando una casa vacía que ya no tenía a
nadie a quien proteger.
Rubén arrancó el motor. Tenía la confirmación. El libro era
de Julián. Y Julián, el hombre que quería ser como el loto, había escondido su
verdad bajo capas de botánica y miedo.
Ahora le tocaba a Isabel, en Madrid, empezar a rascar.
Capítulo 4. La primera lectura
— Isabel Samay, Cuaderno
de bitácora.
Isabel se levantó antes que la ciudad.
Siempre le había gustado ese momento incierto, esa tregua
azulada en la que Madrid aún no ha decidido si despertar o seguir fingiendo que
duerme. En el exterior,
la ciudad absorbía la humedad bajo un cielo gris y opresivo. El
termómetro apenas superaba el cero y el aire que se colaba al abrir la ventana
traía el olor inconfundible del invierno urbano: piedra mojada, tubo de escape
frío y lejanía.
Tras un café de malta, entró en el estudio.
Situada en la segunda planta, contigua al taller principal,
aquella estancia no estaba concebida para intervenir, sino para diagnosticar.
La luz del norte entraba tamizada por estores de lino crudo, diseñados para
anular cualquier aberración cromática. El silencio era absoluto, solo roto por
el zumbido casi imperceptible del sistema de climatización que mantenía la
humedad relativa en un 50% estricto.
Isabel vestía ropa de trabajo, pero no la bata. Blusa de
algodón lavado, pantalón amplio color arena. El cabello recogido en la nuca,
despejando el rostro. Se lavó las manos con jabón neutro, se secó con papel y
se colocó los guantes de nitrilo azul cobalto. Se ajustaban a sus dedos como
una segunda piel, anulando la grasa humana, pero preservando la yema para el
tacto.
Frente a ella, la mesa de análisis.
Sobre la superficie de Tyvek acolchado, el instrumental
esperaba con la precisión de un quirófano. No había nada superfluo. Las
espátulas de teflón y acero, el bisturí de hoja fija, las pinzas de punta
plana, la plegadera de hueso pulido por años de uso y los pesos de plomo
forrados en terciopelo. Todo alineado en paralelo al borde de la mesa.
Y en el centro, sobre un atril de metacrilato en forma de V,
el libro.
Isabel no lo tocó de inmediato. Lo observó bajo la luz fría
de la lámpara articulada. Ayer, en el caos de la llegada, le había parecido un
objeto tosco. Hoy, en la asepsia del estudio, le parecía un superviviente.
Medía diecisiete por doce centímetros. Un formato de bolsillo, íntimo. Las
tapas eran cartón reutilizado —quizá de cajas de zapatos o de embalaje— forrado
con una tela de algodón de una verde oliva sucio, teñida en casa, con aguas
irregulares donde el tinte se había acumulado. El lomo no tenía título. Era una
tira de piel de cabra, curtida de forma vegetal, cosida a las tapas con un hilo
de cáñamo visible.
Costura expuesta, anotó mentalmente. Técnica copta o
similar. Funcional. Indestructible.
Acercó la lupa de cinco aumentos. El hilo estaba tenso, sin
holguras. Quien hizo esto no buscaba belleza, buscaba resistencia. Abrió el
libro con suavidad, dejando que el atril soportara el peso de las tapas. Las
hojas cayeron con un sonido sordo, pesado. Demasiado cargado para ser papel.
Isabel acercó el rostro. No olía solo a papel viejo y
oxidación (ese aroma a vainilla de la lignina rompiéndose). Había algo más. Un
olor férreo, mineral. Y debajo, una nota dulzona, animal, que le recordó a los
talleres de ebanistería antigua. Cola de conejo. Gelatina.
Pasó la yema del dedo enguantado por el margen de la página
siete. El papel no era liso. Tenía una textura terrosa, microgranulada, que
frenaba el deslizamiento. A simple vista parecía blanco, o de un crema pálido,
pero bajo la luz rasante de la lámpara, la superficie se reveló como un paisaje
lunar: pequeñas crestas y valles, imperfecciones de una capa añadida.
Isabel tomó su cuaderno de campo. Escribió a mano, rápido:
ANÁLISIS PRELIMINAR – OBJETO S/N Estructura: Solida.
Costura íntegra. No hay fatiga en el lomo. Soporte: Papel de celulosa
heterogéneo (verjurado y estraza). Patología superficial: El papel presenta un
tacto céreo-calcáreo. No es suciedad. Es un recubrimiento intencional. La
opacidad es total al trasluz.
Dejó el bolígrafo. Tomó el bisturí, no para cortar, sino
para usar el reverso de la hoja. Buscó una esquina en una página en blanco al
final del volumen. Con una delicadeza extrema, rascó la superficie. Apenas una
caricia metálica. Se desprendió un polvillo blanco, finísimo, como talco.
Debajo del rasguño, el papel cambió de tono. Dejó de ser blanco mate y mostró
un tono más oscuro, amarillento. La fibra real.
—Cal —susurró Isabel.
Mojó un hisopo de algodón en agua desionizada y tocó
levemente la zona rascada. La sustancia reaccionó volviéndose pastosa,
grisácea, liberando ese olor a animal mojado con más fuerza. Isabel se apartó,
sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la climatización del
estudio.
Volvió al cuaderno. Su letra se volvió más angulosa.
DIAGNÓSTICO: Estrato de ocultación. Composición probable:
Carbonato cálcico (cal) + Aglutinante proteico (cola animal/gelatina). Técnica:
Imprimación aplicada hoja por hoja. Hipótesis: Esto no es una preparación para
escribir encima. Es una mortaja. Alguien aplicó una capa de "falso
papel" sobre el papel real para sepultar lo que había debajo.
Levantó la vista hacia el libro abierto. Ya no veía dibujos
botánicos. Veía una fachada. Una pared encalada pueblo adentro. Julián Figueroa
no había escrito un libro de plantas. Había pintado un trampantojo. Los dibujos
del loto, las raíces, las notas de botánica... todo estaba pintado sobre la
capa de cal. Eran la mentira visible que protegía la verdad invisible.
—¿Qué estás tapando? —le preguntó al libro.
Isabel sabía lo que tenía que hacer. Tenía que levantar esa
piel. Pero no podía hacerlo en seco, o se llevaría la tinta original —si es que
existía— con la cal. Necesitaba humedad controlada. Necesitaba tiempo. Y
necesitaba saber si estaba a punto de destruir la obra de un hombre
desesperado.
Apagó la luz de la lámpara. En la penumbra repentina del
estudio, el libro pareció brillar levemente con su propia blancura enferma.
Miró el reloj. Aún era temprano, pero sentía el agotamiento de quien acaba de
correr una maratón mental.
Dejó el bisturí en su sitio. Cubrió el libro con un paño de
algodón limpio.
—Esta tarde —dijo al aire vacío—. Esta tarde empezamos a
excavar.
Capítulo 5. Antes de escuchar
— Isabel Samay, Cuaderno
de bitácora.
El pasillo que unía el taller con la vivienda era una
frontera invisible. Isabel lo cruzó despacio, sintiendo cómo el olor a
disolventes quedaba atrás, sustituido por el aroma neutro y doméstico de la
casa en calma.
La cocina, abierta al salón, estaba bañada por una luz de
invierno que entraba horizontal, casi mineral, haciendo brillar el cobre de la
campana extractora y la madera de la isla central. Era un espacio de silencio. Isabel
necesitaba desacelerar. El análisis del libro le había dejado un zumbido
eléctrico detrás de las orejas, esa tensión específica de cuando el cerebro
detecta un patrón, pero aún no lo descifra.
Preparó algo sencillo. Quinoa, verduras asadas, agua. No
encendió la radio. Comió sentada en un taburete alto, despacio, mirando cómo
las partículas de polvo bailaban en un haz de luz. Cada cucharada era un ancla
que la devolvía a la realidad física, lejos de las capas de cal y los secretos
de 1939. En los Andes dicen que la quinoa da fuerza al ánimo; Isabel solo le
pedía que le quitara el frío.
Al terminar, lavó el cuenco y la cuchara con movimientos
mecánicos. El orden doméstico era su terapia. Ver la encimera limpia le daba
una sensación de control que el libro marrón le estaba negando. Se preparó un
té matcha. El verde intenso de la infusión humeaba en la taza blanca. Bebió un
sorbo, caliente, terroso. Miró el reloj.
—Se acabó la tregua —dijo al silencio de la casa.
Regresó al estudio llevando la taza consigo. La luz había
cambiado. Ahora el sol incidía bajo, tiñendo la mesa de trabajo de un ámbar
denso que alargaba las sombras de los instrumentos quirúrgicos.
El libro seguía allí. Abierto. Desafiante.
Isabel no se sentó de inmediato. Se dirigió a la estantería
de referencia, esa pared forrada de volúmenes técnicos que eran su verdadero
respaldo. Sus dedos recorrieron los lomos hasta encontrar lo que buscaba: Escritura
y Personalidad de Augusto Vels y un viejo manual de Paleografía
Contemporánea. De otro estante, más bajo, sacó el Dioscórides Renovado
de Font Quer.
Los colocó sobre la mesa auxiliar, abriéndolos como quien
despliega mapas antes de una batalla. No era grafóloga forense ni botánica, y
la soberbia era el primer error del restaurador. Tenía que cotejar.
Volvió al libro. Ajustó la lupa de ocho aumentos sobre la
caligrafía de la página doce. Comparó el trazo con las láminas del manual de
Vels. Miró la inclinación. La presión.
—Veamos quién eras, Julián —murmuró.
La letra no fluía. Estaba construida. Isabel observó que los
óvalos de las letras "o" y "a" estaban cerrados
herméticamente, a veces con doble vuelta. Según los manuales, eso indicaba una
reserva absoluta, un secreto guardado bajo llave. Pero lo que más le inquietaba
era la rigidez vertical. No había oscilación. El ductus —el camino que
sigue la pluma— era tan regular que parecía mecanografiado.
Isabel anotó en su cuaderno, esta vez sin esquemas rígidos,
dejando que su mano pensara:
La escritura no respira. Hay una "firmeza
tónica" excesiva. No hay trazos lanzados, ni adornos, ni caídas por
cansancio. Es una "escritura máscara". Quien escribe esto está
ejerciendo un control brutal sobre su propia mano para no temblar. O para no
ser reconocido. Es la letra de un hombre que se ha convertido en su propia
cárcel.
Dejó el lápiz y tomó el Dioscórides. Pasó al análisis
de los dibujos. Julián había dibujado plantas. Muchas. Pero al compararlas con
las láminas académicas del libro de referencia, Isabel notó la diferencia. El
botánico dibuja para clasificar; Julián dibujaba para usar. Identificó las hojas
serradas de la Salix alba. El sauce.
—Aspirina natural —susurró, comprobando la entrada en el
manual—. Corteza para la fiebre y el dolor.
Siguió pasando páginas. Achillea millefolium
(Milenrama): para cortar hemorragias. Plantago major (Llantén):
cicatrizante. Raíces de Enea: comestibles en caso de hambruna.
No había rosas. No había lirios. Isabel se echó hacia atrás
en la silla. Aquello no era un jardín. Era una farmacia de guerra. Y una
despensa de desesperados. Los dibujos estaban aislados en el papel, sin fondo,
flotando en la nada blanca. Psicológicamente, aquello denotaba
descontextualización: el autor había borrado el mundo (la guerra, el dolor, el
entorno) y se había centrado obsesivamente en el único objeto que podía
salvarle la vida.
Volvió a escribir:
No busca la belleza. Busca la utilidad. Es un inventario
de supervivencia. Hay un desplazamiento del trauma hacia el control de la
materia: "Si sé cómo curar una herida, quizá la herida no me mate".
Se detuvo en la última ilustración visible antes de la zona
encalada. El loto. Aquí el trazo cambiaba. Era más suave, menos clínico. Isabel
frunció el ceño y consultó el Diccionario de Símbolos de Cirlot. Nelumbo
nucifera. El loto hunde sus raíces en el fango, pero su flor sale impoluta
a la superficie. Símbolo de renacimiento, de pureza espiritual en entornos
adversos, de la capacidad de mantenerse limpio en un mundo sucio.
Isabel se recostó en la silla, intrigada. Aquello no
encajaba. En un manual donde todo servía para detener hemorragias, bajar la
fiebre o comer raíces, ¿qué función cumplía un loto? No era medicina para el
cuerpo.
—Es medicina para otra cosa —murmuró, anotando la anomalía
en el margen de su cuaderno con un interrogante grande.
Era la única grieta lírica en la armadura de aquel hombre.
Julián Figueroa no solo quería sobrevivir físicamente; había dibujado un tótem.
Pero Isabel aún no sabía contra qué demonios estaba luchando para necesitar
tanta pureza.
Cerró los libros de consulta. El diagnóstico preliminar
estaba hecho. Julián había construido un refugio antiaéreo mental, un
inventario de cosas sólidas para no desmoronarse. Y luego, por alguna razón que
se le escapaba, lo había tapado todo con cal.
Isabel se levantó y fue hacia la mesa de químicos. Preparó
la solución. Agua desionizada, un porcentaje mínimo de etanol para romper la
tensión superficial, y una gota de humectante neutro. El zumbido del
montacargas rompió el silencio del estudio.
Isabel no se sobresaltó. Su pulso, contagiado por la extraña
calma del libro, seguía estable. Escuchó los pasos conocidos, el sonido de las
llaves, el peso familiar de alguien que regresa cargado de kilómetros. La
puerta se abrió. Rubén traía el frío de la calle en la ropa y una expresión
grave en el rostro.
Isabel no se giró de inmediato. Estaba mojando un pincel
finísimo en la solución.
—Llegas justo a tiempo —dijo, mirando la página encalada
como un cirujano mira la piel antes de la incisión—. Ya sé cómo escribía
Julián. Ahora falta saber por qué dejó de hacerlo.
Rubén se acercó, respetando el círculo de luz de la lámpara.
Se quedó mirando el dibujo del loto un segundo, con un brillo de reconocimiento
en los ojos que Isabel no vio.
—Traigo respuestas de Soria —dijo él en voz baja—. Y creo
que encajan con ese dibujo.
Isabel dejó el pincel sobre la mesa y, por primera vez en
horas, se giró para mirarlo.
—Entonces siéntate, Rubén —dijo ella—. Porque vamos a
empezar a retirar la piel. Y tengo la sensación de que lo que hay debajo va a
doler.
Capítulo 6. Bajo la capa
— Isabel Samay, Notas
de laboratorio.
Rubén obedeció. Arrastró un taburete metálico hasta el borde
de la mesa, pero no hizo ademán de quitarse el abrigo. El frío de la sierra
parecía habérsele instalado en los huesos, o tal vez era el peso de lo que
acababa de descubrir.
Dejó su cartera en el suelo con un movimiento lento. El
golpe seco del cuero contra la tarima sonó a sentencia.
—He hablado con Tomás —dijo, clavando los ojos en el dibujo
del loto que resplandecía bajo la luz clínica—. Y ahora entiendo por qué Julián
necesitaba dibujar flores inmaculadas.
Isabel apartó el pincel, dándole espacio para hablar.
—Cuéntamelo.
—Julián Figueroa no era solo un terrateniente melancólico
—comenzó Rubén—. Era el hijo de Eulogio Figueroa. Y la fortuna de la familia no
venía del campo. Venía del metal.
Isabel arqueó una ceja.
—¿Metal?
—Plomo y pólvora. Su padre fue uno de los mayores
proveedores de munición durante la guerra. Vendía a los dos bandos, o al que
pagara mejor esa semana. Tomás me ha confirmado que los cimientos de esa casa
en Soria están hechos de casquillos. Julián creció en esa abundancia manchada.
Era arrogante, seguro... hasta que marchó al frente.
Isabel miró el libro sobre el atril. La capa de cal blanca
brillaba bajo el foco, inocente, muda.
—Entonces la herencia estaba manchada —dedujo—. Y Julián lo
sabía.
—Lo sabía y lo vivió. Tomás dice que volvió del frente
"vaciado". Vendió propiedades, donó dinero en secreto, hizo muchas
obras de caridad... Intentaba limpiar el apellido. O curarse él mismo —Rubén
señaló el dibujo del loto—. El loto nace del fango, pero sale limpio. Eso es lo
que buscaba. Pureza en medio de la suciedad que pagaba su cena.
Isabel asintió despacio. Todo encajaba. La obsesión por la
botánica, por las medicinas, por salvar cosas.
—No intentaba curar —murmuró ella, tomando la pipeta—.
Intentaba tapar.
—¿Crees que el texto oculto es una confesión? —preguntó
Rubén.
—Es un palimpsesto —corrigió ella—. Pero al revés. Aquí no
se ha raspado para borrar; se ha añadido para sepultar. Hay una capa de
gelatina y carbonato cálcico cubriendo cada página.
—¿Cal?
—La cal desinfecta. Y blanquea. Es la sustancia de las fosas
comunes y de las paredes de los pueblos. Julián usó lo que tenía a mano para
cubrir el texto sin destruirlo.
Isabel cargó la pipeta con la solución de agua desionizada y
etanol.
—Vamos a ver qué hay debajo de la mortaja.
El proceso tenía la tensión de una autopsia. Isabel aplicó
una gota en el margen de la primera página. El papel, sediento tras décadas de
sequía química, absorbió la humedad. El blanco opaco se volvió translúcido,
grisáceo. Un olor agrio, mineral, subió desde la mesa. Olía a obra húmeda y a
tiempo cerrado.
Bajo la mancha húmeda, apareció el grafito. Isabel ajustó la
luz rasante.
—Fecha —leyó—. 18 de julio de 1936.
Rubén soltó el aire.
—El primer día.
—Y debajo... es una lista. Biela de repuesto. Aceite.
Lona.
—Piezas de camión —identificó Rubén—. Julián fue movilizado
con su vehículo. O se ofreció.
—Es una nota técnica. Fría. Pero mira la siguiente página.
Isabel aplicó el reactivo en el segundo folio. Aquí, la
reacción fue distinta. El papel parecía herido. El lápiz había marcado tanto el
surco que casi rasgaba la fibra. La frase emergió del blanco como un grito
ahogado:
«Que alguien recuerde que estuvimos aquí.»
Isabel sintió un escalofrío que le recorrió los antebrazos.
Aquello no lo había escrito Julián. La caligrafía era temblorosa, rota, con
ángulos agudos que denotaban pánico motriz.
—Letra expósita —dictaminó, aunque su voz carecía de la
frialdad académica habitual—. Quien escribió esto lo hizo en un vehículo en
marcha, o con las manos atadas, o sabiendo que le quedaban minutos de vida.
Siguió trabajando. Página tres. El olor a humedad se
intensificó. El estudio, climatizado y moderno, parecía haberse llenado del
aire viciado de una celda. El texto apareció apretado, aprovechando cada
milímetro de papel, escrito con una urgencia que dolía leer:
«Dile a la niña que no me olvide. Que no he hecho nada
malo, solo querer que todos comieran lo mismo. En el bolsillo de mi chaqueta
vieja, tras el forro, hay tres duros que guardaba para su santo. Compradle algo
bonito. No tengáis odio, que el odio pesa mucho y yo ya no puedo con el mío. Me
llevan al amanecer. Que Dios nos perdone a todos, porque los hombres no saben
lo que hacen.»
Isabel soltó la pipeta sobre la bandeja metálica. El sonido
tintineante fue lo único que rompió el silencio brutal del estudio. Se apartó
de la mesa. Necesitaba aire. Los "tres duros", el "forro de la
chaqueta"... esos detalles domésticos tenían una carga de verdad que
ninguna estadística de guerra podía igualar.
—No son recetas —dijo Rubén, con la voz tomada—. Son
testamentos.
—Y Julián era el notario —completó Isabel, volviendo a mirar
la página—. Fíjate en la siguiente. La letra cambia otra vez. Es más culta.
Pluma estilográfica, trazo elegante, aunque manchado de humedad.
Aplicó el solvente.
«Padre, muero por unos ideales que creía limpios y que he
visto mancharse de sangre en cada cuneta. No me asusta el fusil, me asusta el
silencio que vendrá después. Julián, el muchacho que nos conduce, me ha dado
este trozo de papel. Dice que lo guardará. La guerra es un animal que se
alimenta de nosotros, no importa el color de la camisa. Dile a María que sea
libre.»
—Julián conducía el camión —dijo Isabel, atando los cabos
con horror—. El camión de los paseados. Llevaba a los presos al paredón o a la
cuneta.
—Y les daba papel antes de morir —añadió Rubén—. Les daba la
oportunidad de despedirse.
Isabel tomó su cuaderno de notas. Escribió rápido,
intentando vaciar la emoción en datos técnicos para poder soportarla:
La cal no era censura. Era protección. Julián sabía que,
si encontraban esos escritos, los destruirían. Los "guardó" bajo una
capa de falsa botánica. Convirtió el camión de la muerte en un archivo de
últimas voluntades. La "Guía de Supervivencia" no es para el cuerpo.
Es para la memoria.
Cerró el cuaderno. Miró sus manos. Tenía restos de polvillo
blanco en las yemas. Restos de la cal que había tapado el dolor de trescientas
personas durante ochenta años. Fue al lavabo del rincón y abrió el grifo. El
agua fría corrió sobre su piel, llevándose el rastro físico, pero sabiendo que
el rastro moral ya no se iría nunca.
—¿Qué hacemos? —preguntó Rubén desde la penumbra.
Isabel se secó las manos con una toalla de lino, despacio.
—Julián cumplió su parte. Los guardó —dijo, volviendo a la
luz del flexo donde el libro abierto parecía ahora un órgano vivo y
palpitante—. Ahora nos toca a nosotros hacer la entrega.
Se giró hacia Rubén.
—Esas familias llevan ochenta años esperando esos tres duros
y esa despedida. No vamos a tasar este libro, Rubén. Vamos a abrirlo.
Capítulo 7. La geografía del desamparo
— Rubén Carter, Cuaderno
de investigación.
Isabel preparó una infusión de muña. Dejó que las hojas
reposaran en el agua hirviendo más de la cuenta, buscando liberar esa esencia
mentolada y terrosa de los Andes que su abuela usaba para aclarar el pecho y
las ideas. El vapor llenó el estudio, disipando el olor químico de los
disolventes.
Abrió la ventana apenas una rendija. No quería frío, quería
oxígeno.
Sobre la mesa de trabajo, el libro "desollado"
mostraba sus entrañas. Isabel no quería leer más todavía; necesitaba situarse.
Extendió un mapa de carreteras de la Península Ibérica, una edición antigua, y
empezó a marcar puntos con un lápiz blando. Soria. Teruel. El delta del Ebro.
Alicante.
A media mañana, el estudio ya no era un laboratorio. Era una
cartografía del dolor.
Unos golpes suaves en el marco de la puerta la hicieron
girar. Rubén estaba allí, con ojeras marcadas y una taza de café humeante en la
mano.
—He visto luz desde la calle —dijo, entrando sin pedir
permiso—. Supongo que tampoco has podido dormir pensando en el camión.
Isabel negó con la cabeza y señaló el mapa lleno de marcas
de grafito.
—Es un itinerario, Rubén. He estado cruzando los datos de
los folios con los restos microscópicos que encontramos en las fibras. Julián
no se quedó en la retaguardia. Siguió la guerra. O la guerra le siguió a él.
Rubén se acercó al mapa.
—La ruta de los suministros —murmuró—. Su padre vendía
munición. Los camiones tenían que ir donde estaba el frente.
Isabel encendió el monitor grande conectado al microscopio
digital.
—Mira esto. Folios del 10 al 15.
En la pantalla apareció una ampliación de la fibra del
papel. Entre la celulosa, brillaban unas partículas rojizas.
—Polvo de ladrillo y ceniza —explicó Isabel—. Típico de
zonas bombardeadas donde el edificio se pulveriza. Y el texto que lo cubre
habla de "cómo potabilizar agua estancada".
—El Ebro —dijo Rubén—. Verano del 38. Calor, bombardeos y
sed.
—Exacto. Pero mira los últimos folios.
Isabel cambió la imagen. Ahora las fibras mostraban
cristales cúbicos, perfectos, transparentes.
—Cloruro sódico. Salitre. Y el papel está deformado por una
humedad ambiental saturada.
—Alicante —sentenció Rubén—. El final. Marzo del 39.
Isabel se sentó frente al libro.
—Es un mapa del desamparo, Rubén. Julián usó su posición
privilegiada, moviéndose entre líneas con el salvoconducto de la munición, para
recoger a los que caían. De un lado y de otro.
—¿De ambos bandos?
—Escucha.
Isabel aplicó el reactivo sobre una página del principio.
Soria, agosto de 1936. Zona sublevada. El texto emergió con trazo infantil:
«Madre, no llores... dile a mi hermano que se esconda en
el pajar, que no baje al pueblo. Han venido los de la Falange a por el tío.
Julián, el chófer, dice que me llevará con él en este papel. Rezar por mí.»
Rubén apretó la mandíbula.
—Un represaliado republicano. Un "paseado".
Isabel avanzó varias páginas. Teruel, invierno de 1937. La
"Estación del Frío". El papel estaba rígido, como si se hubiera
congelado y descongelado varias veces. Bajo la cal, apareció una letra culta,
quizás de un oficial, escrita con una pluma que rasgaba el papel:
«Caímos por Dios y por España, pero aquí solo hay hielo y
piojos. Me muero sin saber si mi sacrificio sirvió de algo. Dile a mi esposa
que no se fíe de los nuevos mandos. Que guarde la medalla, pero que esconda a
los niños. Esto no es una cruzada, es un matadero.»
—Un soldado nacional —observó Rubén, fascinado—.
Desengañado.
—A Julián no le importaba la camisa que llevaran —dijo
Isabel—. El camión era territorio neutral. Una embajada de humanidad con
ruedas. Mientras cargaba cajas de balas para matar, usaba la cabina para salvar
lo único que podía salvar: las últimas palabras.
Finalmente, llegaron a la costra de sal. Alicante. El
puerto. El caos final. El texto estaba tan apretado que las líneas se montaban
unas sobre otras. Faltaba papel. Faltaba aire.
«El puerto es una ratonera. Los barcos no vienen. Julián
llora en el volante mientras nos reparten las últimas hojas de su cuaderno.
Somos miles esperando. No nos recordéis como soldados derrotados, sino como
hombres que solo querían ver el mar una vez más. Que la cal no borre nuestros
nombres.»
Isabel soltó el hisopo. Tenía los ojos vidriosos.
—"Que la cal no borre nuestros nombres"
—repitió en un susurro—. Qué terrible ironía. Julián usó precisamente la cal
para salvarlos. Los enterró en blanco para que el tiempo no se los comiera.
Rubén miró el montón de páginas aún por revelar al final del
libro. Allí, la capa de cobertura era más gruesa, más deliberada.
—Esas trescientas voces ya han hablado —dijo él—. Pero falta
una.
Isabel asintió, secándose una lágrima furtiva con el dorso
de la mano. Miró el bloque final, donde el relieve sugería una escritura densa,
tranquila, hecha ya en la soledad de la posguerra.
—Sí —dijo—. Ya hemos escuchado a las víctimas. Ahora es el
momento de escuchar al verdugo que decidió dejar de serlo.
Capítulo 8. El testamento del guardián
— Isabel Samay, Cuaderno
de bitácora.
Isabel aplicó el reactivo sobre las últimas páginas con una
lentitud reverencial. Rubén se mantuvo detrás, respirando apenas, como si
cualquier movimiento brusco pudiera romper el hilo de voz que estaba a punto de
surgir.
Sabían que lo que venía no era un mensaje de auxilio de una
víctima. Era la voz del hombre que había decidido cargar con todos ellos.
Bajo la última capa de cal, disuelta en una nube lechosa, la
letra de Julián apareció. No era la caligrafía temblorosa de la guerra, ni la
técnica de los apuntes botánicos. Era una letra firme, desnuda, clavada en el
papel con una tinta negra que no había perdido intensidad. Era la letra de
alguien que se está quitando la piel.
Isabel leyó en voz alta, y su voz resonó en el estudio como
una sentencia:
«A quien tenga el valor de limpiar mi rastro:
Si estás leyendo esto, significa que el tiempo no ha
logrado devorar lo que la cal protegió. Me llamo Julián Figueroa y, durante
tres años, fui el hombre que conducía el camión hacia el abismo. Mi padre,
Eulogio, fabricaba el plomo que perforaba los cuerpos, y yo ponía los motores
que los llevaban a la fosa. Al principio me dije que era mi deber. Que era la
guerra.
Pero mentí. El deber no tiene el sonido que yo escuché.
Una noche, en la carretera de Teruel, el motor se caló.
En el silencio de la escarcha, oí rezar a los hombres que llevaba en la caja.
No eran enemigos. Eran maestros, campesinos, padres. Comprendí entonces que
cada moneda que entraba en mi casa olía a pólvora y a carne quemada. Comprendí
que mi herencia estaba maldita. No tuve el valor de abrir la puerta trasera y
dejarlos ir, porque el miedo es una cárcel más alta que cualquier muro. Fui un
cobarde. Pero, en mi cobardía, decidí robarle algo a la muerte: sus nombres.
Les di papel. Les di lápiz. Y prometí que guardaría sus
voces.
He pasado el resto de mi vida ocultando este cementerio
de papel bajo dibujos de plantas. Renuncié a la fortuna de mi padre, a sus
fábricas y a su mundo de metal, porque el metal miente y hiere. Me refugié en
la tierra. La tierra no traiciona. El sauce no pregunta de qué bando eres antes
de bajarte la fiebre. El llantén cicatriza la piel roja y la piel azul por
igual. Ellas, las plantas, fueron las únicas que no me juzgaron.
Escribí esta falsa guía para que el libro sobreviviera en
una estantería cualquiera, invisible, hasta encontrar unas manos que no
temieran mancharse con la verdad. Hoy te entrego sus voces. Ya no son mi
secreto. Ahora son tu memoria. No permitas que vuelvan al silencio, porque
entonces sí habré muerto del todo.
Julián Figueroa de Almarza, 1945.»
Isabel dejó el algodón sucio sobre la bandeja metálica. El
silencio que siguió a la lectura fue absoluto. No era un silencio vacío; era un
silencio poblado. El estudio parecía haberse llenado de trescientas presencias
que, por fin, podían dejar de contener la respiración.
La confesión de Julián explicaba toda su vida: su
aislamiento, su obsesión por la pureza del loto, su rechazo al dinero familiar.
Había intentado purificar con savia lo que su apellido había ensuciado con
sangre.
—No fue un verdugo —dijo Rubén con la voz tomada, mirando la
firma del hombre cuyo rastro había seguido hasta Soria—. Fue el único que se
acordó de ellos.
Isabel se quitó las gafas. Sentía un agotamiento físico
profundo, como si hubiera estado cavando tierra con las manos desnudas. Miró
las hojas reveladas, húmedas, oliendo a reactivo y a pasado. Ya no veía un
objeto de colección. Veía una deuda.
—Julián no quería ser rico, quería ser justo —dijo ella en
voz baja—. Y ahora la justicia depende de nosotros.
Se levantó despacio y se quitó la bata blanca, revelando su
ropa de calle. Fue un gesto simbólico: el tiempo del laboratorio había
terminado. El tiempo de la asepsia había concluido. Ahora tocaba salir al mundo
real, donde las heridas siguen abiertas.
Fue hacia el teléfono y descolgó. Sus dedos, aún con la
memoria táctil del papel de Julián, marcaron un número que conocía bien pero
que nunca había querido usar para algo tan grave.
—¿A quién llamas? —preguntó Rubén.
Isabel miró el libro abierto, ese "sarcófago" que
acababan de profanar para bien.
—A la única persona en Madrid que puede gestionar un legado
así sin que lo destrocen los políticos o los buitres —respondió—. A Alba
Lafuente. Tenemos trescientas promesas que cumplir, Rubén. Y no podemos hacerlo
solos.
Capítulo 9. El jardín de los legados
— Rubén Carter, Cuaderno
de investigación.
La calle Serrano rugía al otro lado del muro de ladrillo,
pero dentro, el jardín del Parque Florido mantenía su propia atmósfera estanca.
Era un silencio apagado por los setos recortados con tijera fina y estatuas que
llevaban un siglo sin mirar a nadie.
Isabel y Rubén caminaron por la grava. El sonido de sus
pasos era lo único que alteraba el orden del recinto.
Alba Lafuente de Vergara no los esperaba de pie junto a la
glorieta. Estaba sentada en un banco de piedra, leyendo un informe en una
tablet, ajena al frío de diciembre. Vestía un abrigo de lana marengo y esa
clase de bufanda de seda que parece no abrigar, pero que marca una jerarquía.
Al verlos, bloqueó la pantalla y se quitó las gafas de lectura.
—Isabel —saludó con una inclinación de cabeza. Luego miró a
Rubén con curiosidad analítica—. Y el señor Carter. El hombre que remueve la
tierra.
—Gracias por recibirnos con tan poco margen, Alba —dijo
Isabel.
—Tenía curiosidad. Tu mensaje hablaba de "patrimonio en
riesgo". Normalmente eso significa una subasta ilegal o una colección que
se pudre en un sótano. Pero vuestras caras dicen otra cosa.
Isabel no se sentó. Le tendió una carpeta gris. No era el
libro —el libro estaba seguro en la cámara acorazada del taller—, sino el
informe técnico.
—Se trata de los Figueroa de Almarza. Alba arqueó una ceja.
El nombre flotó en el aire frío.
—Munición y acero —dijo ella al instante—. Una de esas
familias que pagaron la reconstrucción de España para que nadie preguntara cómo
se habían enriquecido antes.
—Julián, el hijo, no pagó con dinero —intervino Rubén.
Alba abrió la carpeta. Sus ojos expertos recorrieron las
fotografías de las páginas reveladas: la cal, el grafito, la fecha del 36, los
nombres de los muertos. Se detuvo en la carta final de Julián. El silencio se
alargó. Un mirlo cruzó el jardín rasante, negro sobre el verde de los cedros.
—Esto no es una colección, Isabel —dijo Alba al fin,
cerrando la carpeta con suavidad, como si el papel quemara—. Esto es una fosa
común.
—Es un archivo —corrigió Isabel—. Un archivo protegido por
un hombre que condujo el camión de las ejecuciones y decidió que no podía
salvar los cuerpos, pero sí los nombres. Hay trescientas despedidas ahí dentro.
Republicanos, nacionales, gente sin bando.
Alba se levantó y caminó unos pasos hacia el estanque
helado. Sus tacones golpeaban la piedra con un ritmo seco.
—¿Sabéis lo que me estáis trayendo? —preguntó sin mirarlos—.
Esto no es arte. No es cultura amable. Esto es metralla. Si la Fundación hace
público esto, habrá llamadas. Habrá familias poderosas, nietos de ese
"Eulogio", que no querrán que se sepa que su fortuna viene manchada
de sangre. Y habrá familias de las víctimas exigiendo reparaciones que nadie
puede pagar.
Se giró hacia ellos. Su rostro había perdido la máscara de
cortesía. Ahora era la directora de una institución que navega en aguas
políticas.
—España está construida sobre un pacto de silencio, Isabel.
Levantar esa alfombra tiene un coste.
—El coste ya lo pagó Julián —respondió Rubén. Su voz sonó
tranquila, pero dura como el pedernal de Soria—. Él renunció a todo. Vivió y
murió solo para proteger esto. Nosotros solo somos los mensajeros.
Isabel dio un paso adelante.
—No te pedimos que juzgues la historia, Alba. Te pedimos que
la conserves. Tú te dedicas a eso. Restauras cuadros, proteges esculturas...
¿Por qué un Goya vale más que la última carta de un maestro de escuela fusilado
en Teruel?
Alba sostuvo la mirada de Isabel. Dos profesionales
midiéndose.
—Porque el Goya es bello —dijo Alba—. Y esto... esto es
verdad. Y la verdad suele ser fea.
Alba volvió a mirar la carpeta que tenía en las manos.
Acarició la superficie del cartón.
—Julián Figueroa... —murmuró—. El centinela botánico.
Suspiró, y el vaho blanco se disolvió en el aire.
—Está bien.
—¿Lo harás? —preguntó Rubén.
—La Fundación se hará cargo de la custodia y la
investigación —dijo Alba, recuperando el tono de mando—. Localizaremos a los
descendientes. Con discreción. Sin prensa, al principio. Entregaremos los
mensajes en privado— se metió la carpeta bajo el brazo, pegándola al cuerpo —. Traedme
el libro mañana. Lo meteremos en la cámara de seguridad junto a los códices
medievales. Supongo que es su sitio. Al fin y al cabo, ambos cuentan historias
de barbarie y de fe.
Empezó a caminar hacia la salida, pero se detuvo bajo el
arco de piedra.
—Una advertencia, Isabel.
—Dime.
—Una vez que abramos esa caja, no habrá vuelta atrás. Los
fantasmas de 1936 son muy pacientes. No buscan venganza, ni siquiera justicia —Alba
miró hacia el palacio, hacia las ventanas cerradas de la historia oficial—.
Buscan reconocimiento. Buscan que alguien les diga: "Sí, estuvisteis
aquí". Y España nunca ha sabido muy bien cómo decir esa frase.
Alba se alejó por el sendero. Su coche negro la esperaba en
la puerta lateral. Isabel y Rubén se quedaron solos en el jardín. El ruido de
la calle Serrano parecía ahora un poco más lejano, más irrelevante. Rubén se
subió el cuello del abrigo.
—¿Hemos hecho lo correcto? —preguntó.
Isabel miró las copas de los cedros, que habían visto pasar
tantas generaciones, tantas guerras y tantos silencios.
—No lo sé —respondió ella, sintiendo por primera vez que el
peso del libro desaparecía de sus hombros—. Pero Julián ya puede descansar. Y
nosotros... nosotros volvemos al trabajo.
El viento movió las ramas desnudas. El silencio del jardín
ya no era un vacío. Era un espacio listo para ser llenado.
